viernes, septiembre 24, 2010

FOTOHISTORIAS II

Sobre algunas fotografías de J. C.





      Segundo relato

      I

      Está en las nubes,

      como alguien dice.


      Allí no la persigue el filo

      de una despedida inminente.


      Está dejándose tomar

      por el alejamiento.


      Ha pensado hundirse en las olas

      y que la sal le cauterice

      estos tajos hendidos.


      No se distinguiría el llanto

      de la espuma, sería blanco

      todo, blanco y fugaz.


      Se endurecería calcárea,

      reconocida por los peces.


      Aunque el salto definitivo,

      ¿cómo la nombraría sino

      en el recuerdo de otros?


      Y ella sabe bien que el recuerdo

      es la crueldad del olvido.


      Reúne las nubes,

      redondea su altura

      y consigue un suave planeta

      gaseoso.


      Allí, el sol que no lastima

      se desliza en su cara, rueda

      entendiéndola…








      II

      …por eso sube

      hasta el barco donde se esconde

      la creación de Mary Shelley.


      -Se parece a ella,

      no sé si te lo dije-


      Y en esa latitud helada

      está pactando con el sol

      de junio


      para que la noche demore

      la oscuridad irreversible


      o para que el frío detenga

      la engañosa temperatura

      del apego.


      Sí, se parece a Mary Shelley

      pero

      también al ser desconcertado,

      inmóvil en su barco, huido

      del deseo.





viernes, septiembre 17, 2010

FOTOHISTORIAS I

Sobre algunas fotografías de J. C.




Primer relato

I

Si fuera el final del día,

un delicado acero inciso

como una aguja no apreciada

inoculando su veneno,

el final del día,

o el final de los días,

o sólo el final de tus días

con los míos,


mi piel ya no desistirá;


mira, ha tomado

la suavidad más silenciosa

que regala la última luz,


se ha teñido de ese momento

donde respirar rítmicamente

era la urgencia del delirio

cuando el final del día hallaba

la humedad

en estos labios de difícil

beso,


y cuando el agua de la sombra

fluía salada ahogando

tu boca


y tú sabías

que ahogarte era escapar

de cualquier música.


Mira mi piel,

es la del corazón del vuelo

rubio de mi frente,


no se desnuda de una atmósfera

rosada, tan en calma.


Y si el final del día ha sido

cierto,

es más cierta mi desnudez

con su veneno irremediable…





II

…pero supón que es el comienzo.


Considera que más allá

de esos árboles,

después de su espesura,

sólo queda Saturno

y su melancolía.


Imagina que estamos

innombrados

y que la única vibración

rumoreando

es la caricia de mis plumas

en tus plumas; tú me suavizas

las plumas con el pico

porque así se seducen

pájaros iniciales.


Figúranos sin huesos,

blandas orugas de turquesa

blanda que han nacido del mismo

huevo;

estamos hechos de textura

dúctil…¡cómo nos envolvemos

el uno con el otro!


De pronto hay un instante, ahora

te detecto, son mis antenas,

te miro con mis ojos

incontables, me vuelven loca

los signos de tus alas;

tú desenroscas

tu labio y me penetras,

succionas- no quisiera

saciarte…-

porque así se seducen

las mariposas de otro mundo.


Y suponte

que somos esos árboles,

creadores de niebla

de deseo, gigantes dando

oxígeno a la lluvia,


y llueve clorofila, y donde

la lava se agobiaba

surge el viento del ansia,


y nos mojamos mutuamente,

nos amaramos, nos licuamos.


Suponte en el comienzo…


Más tarde se oyen gritos

de amor de los primates.

viernes, septiembre 10, 2010

El Jardín de Artemisa XVIII


      He cerrado los ojos, me he tendido;

      con su pico el verderillo niega

      que las jaulas... contestan

      el mito con su nido

      de liquen,

      la curruca que espera a que amanezca,

      la lucina cantando a un prisionero.


      He cerrado los ojos

      tendida; sólo un pulso

      explora la espiral del caracol

      que dibuja su baba en mi cintura,

      se va, se va, ¿me buscas,

      hélice de humedad,

      piececillo de sol?


      No muero aunque tendida,

      cierro los ojos con lo que se arrastra,

      me reúno frugal con el mantillo

      y en mi pelo el lagarto

      no se inquieta,

      y en mi nunca se encuentran las hormigas,

      y en mis orejas saben los lirones

      que pertenezco a mirtos.


      No he muerto, no me muero,

      me he tendido.

viernes, septiembre 03, 2010

XVII El Jardín de Artemisa



      Plegarse

      a la luz.

      La flexibilidad,

      secreto convencido, abre la transparencia:

      un vidrio ileso,

      la luz verde que cruza, divide sombrasoles,

      y aún estando aquí,

      iluminado cuerpo

      intacto.


      Los que ataron las vendas

      al majuelo conocen el vino de la Diosa,

      bandas púrpura, blancas…

      al arce, al tilo, dejan

      certezas que conocen el vino de la Diosa,

      y en cada movimiento

      la transparencia oculta

      este secreto, esta ebriedad, esta ciudadela.


      No es suficiente estar

      aquí.

      Se sucede una pérdida, plegarse a la luz verde

      Y, si el látigo silba,

      cimbrearse siguiendo

      su sonido

      y que las vendas vuelen sin aflojar el nudo

      del enigma

      y el vino derramado

      sobre un cuerpo,

      tan verde...


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