sábado, diciembre 11, 2010

FRAGMENTOS EN LA ISLA I



      En el agua


      I

      Baja de verano, escaso, el río,

      pero la mañana se aligera.

      Hay tormenta a lo lejos. ¿Podrías

      referirme acaso cómo huele

      esa impresión a tierra mojada,

      la fina porosidad del aire

      húmedo en la distancia?


      II

      Se reduce a repetir la sed

      este silencio contemplativo.

      La más pequeña solicitud,

      el menor esfuerzo o gesto apenas

      para no apurar la propia sangre.

      Sabría sentarme bajo un árbol

      y ser la muchacha de Corot.

      El sereno anonimato del agua

      como fondo en la soledad. Poco

      a poco la sed se licuaría

      y, la contemplación, un instante

      donde el nombre fuera fugitivo,

      donde nada importase.

      III

      Con las campanas dominicales

      pesan las nubes. Adivinar

      la tormenta es fácil

      o es un deseo porque la lluvia

      aplaque este calor. No me muevo

      de la mañana, no queda nadie

      a quien contar que estuve urdiendo

      un hechizo

      en la noche. Ninguno quedamos.

      Un polvo dorado incandescente

      antes de las diez, difuminando

      el perfil reseco de los cerros,

      me trasforma en cenizas igual

      que si te hubiera amado tantísimo

      hasta arder.


      IV

      Vencejos a la caza de insectos

      líquidos. Son los que guardan gotas

      del color mojado, nutritivo,

      son los insectos conocedores

      de láminas finas y perladas

      detrás de la curva de calor

      y detrás de esta melancolía

      lujosa de verano. Vencejos

      alrededor de las torres, altos

      como quien vuela y sabe seguro

      su despertar o su sentido. Pero,

      ¿quién vuela, quién caza los insectos

      que colman o quién, en compañía

      de vencejos, se sacia?


      V

      Detente, pedía en el delirio

      del ansia, si supiera morir…

      Pero ahora reposada,

      ballena cantando, desplazándose

      sin quebrar las agujas del agua,

      tiempo que no responde a un deseo,

      murmurador cetáceo lento

      y poderoso. Hoy se levanta

      un vientito más fresco, más verde.

      No me detengo, sólo acompaso

      mi movimiento con las aletas,

      vuelvo a sumergirme, canto y danzo.

      No es olvido todo ni distancia.


      VI

      En un barro de canícula hundo

      mi mano. Alguien escondió saliva

      de besos, gotas jugosas para

      despertarme, teñirme los dedos;

      agua de sed, cuanto más sed más

      cercana pero difícil, más

      clara y más precisa e inasible.

      ¿Qué haré si este limo se convierte

      en el primer planeta habitado

      por el deseo?


      VII

      Los pájaros invisibles. Su eco

      creciendo por los riscos del río,

      de los álamos claros al olmo

      y todo es cántico, todo deja

      de tener importancia. Palabras

      mías, desconcertadas después

      del final del deseo, palabras

      más caedizas que estas llamadas

      con sus respuestas entre los árboles.

      Me aproximo al silencio, al final

      del deseo, a la mañana limpia,

      intensamente garza y vacía.


1 comentario:

Jose Antonio G. Villarrubia dijo...

Precioso
Muchas gracias amiga.
Un beso

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Jardí­n al mar 1605 Blog de poesí­a y otros textos Ogigia María Antonia Ricas