viernes, octubre 08, 2010

Otros poemas publicados en la revista Hermes


Anunciación. Botticelli. 1489-90. Galería de los Uffizi


      I La mano ciega


      Se diferencia del amor,

      es una copa de murano

      fácil de quebrar.


      No, no como el amor,

      como cariátide de amor

      ahí, en pie en su ruina dura,

      sosteniendo un techo de viento

      cuando ese dios,

      ¿dónde permanece ese dios?

      Es un apártate de mí

      y la mano repite gestos

      de rechazo – todas las manos

      ciegas adivinan la punta

      deliciosa e hiriente

      de la flecha-


      Es un estar a punto

      siempre de quemarse,

      pero la mano va y se quema,

      es lo primero calcinado,

      es un pájaro aleteando

      en su lumbre,

      es lo primero derrotado,

      es una copa líquida

      y brillante que pareciera

      que arrasara fluyendo.


      La mano va y lo toca

      porque no hay otro gesto

      aunque se aparte.


      Y no es como el amor:

      granito o cuarzo

      sin parpadeo entre las llamas.


      II La mano escucha


      Asentiría con cautela,

      así se salvaría

      pero se imanta al rostro.


      No habla de los ojos azules

      queridísimos,

      no habla de los labios carnosos

      con silueta precisa

      para besar, ni siquiera

      con la nariz conversa.


      Palpa

      con sus terminaciones

      sensitivas

      y descubre que una música

      surge de lo increíble,

      que una música

      para besar

      desde el otro planeta…


      La mano

      hace el amor con las mejillas

      del mensajero... si pudiera

      ronronearía

      y si pudiera desnudarse

      de velos bailaría

      esa lasciva danza.


      Aunque

      nadie narra cómo la mano

      desistió

      para dejar al ángel

      regresar con respuestas.

      Tal vez porque no es el amor

      aquello que consigue

      su perfección de vuelo.


      III El cuerpo acepta


      La cintura se arquea

      y el muslo se interpone

      a la intrusión.


      Pero el miedo sostiene dos

      segundos su paralizante

      desconfianza, después cae.



      Después el miedo cae

      y cae la luz de la tarde

      poblada

      con juegos y lecturas,

      niñeces de quien cree

      que el amor cimenta los días

      de vivir.


      Y lo que atrapa a la cintura

      la desdobla de su giro

      y la domina de ansiedad,

      no se parece al amor

      ni a sus anillos

      intencionados.


      Esto carece de algún nombre;

      como el agua, toma la forma

      del cuerpo que lo acepta

      y, como lava,

      luego solidifica

      su delirio.


      Y, al no dejarse nombrar, nunca

      cesa en la herida que ensaliva

      y nunca duerme.


      Con la apariencia del amor

      penetra,

      ¿qué permanece ileso

      tras su encuentro?


3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿PARA CUÁNDO UN LIBRO DE POEMAS CON FOTOGRAFIA DE PEDRO SALVADOR?

www.pedrosalvador.es

Pedro

Anónimo dijo...

Cuando te necesito, aquí estás. Nunca fallas.
Sara

Inma BabiaS dijo...

un lujo leerte, poeta
¿Cómo no repetirme?

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Jardí­n al mar 1605 Blog de poesí­a y otros textos Ogigia María Antonia Ricas