viernes, enero 23, 2009

Revista nº 17. Segundo poema








El Campesino

Ya no recuerdo el encantamiento de las encinas ni que los magos lleven una vara de avellano para robar de los pozos del silencio los nombres de las cosas, el tiempo de enviar mensajes altaneros a la Luna.

Lo he leído
y se que alguna vez lo sabía sin darme importancia.

Ya no distingo el ceño de aquel que sólo se permite un instante de arritmia jubilosa mirando la cabellera del trigo o cuando se frota los tobillos con el brezo que ahuyenta a las culebras y su corazón sólo se permite un instante de bosques hechizados y misteriosas reinas de la noche.

Dejo a mi perro dormir sobre mi cama y me asombro de la facilidad de los canarios en perder el alma a cambio del alpiste.

La medida de los días se suma por la sombra de los álamos y en el antojo tenaz de las lombrices de tierra.

Él adivina la llegada de las doncellas de mayo y bebe muy despacio la tristeza porque es enorme la distancia hasta el grano en sazón y bebe muy despacio la alegría porque adelantarse al gozo es una fresa que se agosta velozmente.

Él no hará nada para salvar mi biblioteca palatina, consumiéndose tarde, desmemoriada en vano.


3 comentarios:

Inma BabiaS dijo...

No, en vano, no. Y tampoco pasear por tu jardín ;)

almena dijo...

Feliz domingo, querida Ogi.

ay! que creo que algunas veces yo tengo la misma "facilidad de los canarios..."

:)

Cristina dijo...

Precioso Ogigia.

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Jardí­n al mar 1605 Blog de poesí­a y otros textos Ogigia María Antonia Ricas