sábado, abril 07, 2007

El libro de Zaynab. I´Dar Dunnuní. IV .






El vergel ignorado
Luis Delgado






La mano del Fuerte cedió su permiso.
Ra´su-hu me guió, corderilla mansa.
Lloraban las norias que suben el agua
Que llega a las fuentes que aplacan la sed.
Los árboles verdes dijeron mi nombre,
yo pensé en el nombre que nunca aprendí.
Me llamaba el agua de paso riente,
regando los huertos, marchándose lejos.
Un presentimiento me envolvió y temblé;
que mi alma se iba tras el canto líquido
buscando enjugar mi penoso ardor,
mi silencio triste, mi noche tan negra.










Con la licencia que te dio mi padre
por caminar conmigo,
primo, ¿qué senda es ésta que nunca he visitado?

Entre endrinos y sauces
mi corazón se aplaca con sus jugosas sombras,
la tibia brisa es un tacto de gasa
y la canción del agua se entretiene en la azuda
bordando rizos de lluvias alegres.
Es plácido el camino entre las huertas
pero, dónde me llevas si no nos detenemos?

Un frondoso jardín cubre mis ojos,
“es el Bustan al-Na'ura*”, me dijiste.


*Jardín de la Noria. (Huerta del Rey o Almunia real


viernes, abril 06, 2007

El libro de Zaynab. I´Dar Dunnuní. III .

      © José Antonio Torres Martino





          Tawachi Qudam
          Calamus



          Otra noche sumando las estrellas
          atenta a las pisadas de la calle,
          loca avecilla inquieta en la ciega negrura.

          A la luz del candil
          rimo mis amarguras con las sombras
          como si me marchara de la vida.

          La tarde se pasó con mi hermanita
          moviendo sus ajorcas para hacerme reír,
          susurrando los chismes que oyó de 1a cocina.

          “Pronto te casarás”, me consolaba,
          “y brillarán tus ojos con el kuhl,
          dos diamantes pulidos por el mar”.
          Ella no comprendía, pensó que mi gemido
          era el desasosiego de la fecha.

          La razón de mi llanto es una sinrazón,
          ya no encuentro aleya que la desdiga.

          Llega el alba, se oscurecen mis párpados
          y cuando la mañana avente el humo
          del candil agotado,
          caerá el jardín en una niebla helada,
          mi apreciado jardín,
          ayer en la alegría del color
          y hoy, páramo yermo.

                  ------


                A la espera del agua
                se quemó mi jardín.
                Ya no llueve en la tierra
                que tú hiciste reír.


                ------








        Se ha trastornado oscura esta ciudad.
        La de alminares altos y dorados,
        la de ruidosos zocos,
        mirada atenta de los extranjeros,
        fortaleza de luz
        en los muros dispersados de Al-Andalus.
        Mi madinat querida, Tulaytula*,
        que hasta el país del Tigris
        llegaron sus anales...

        ¿Qué cárceles cercaron su arrabal?

        ¿Qué negro pasadizo,
        más oscuro que aljibe,
        ha cambiado el color de sus granados,
        el verde agradecido en sus colinas?

        Antes fui vagabunda que buscaba,
        mas ya no existe causa de mi gozo.
        Son sombras estas calles,
        las cuestas, las mezquitas,
        y en la muerta palidez del cielo
        vuelan horribles pájaros:
        Ni el más diestro brazo de altanería
        acertará a abatirlos.


        *Toledo


      jueves, abril 05, 2007

      El libro de Zaynab. I´Dar Dunnuní. II.







      Quddam.Rast
      Gregorio Paniagua


      Nos recibió en la sala al-Mukarram.
      No acerté a ver el rostro
      del señor dunnuni.
      Otros hijos de nobles
      iban a ser honrados
      en el I'dar de Yahyà al-Qadir*.

      Tras los menacires de las señoras,
      entre tanta alahajada perdiz,
      apenas distinguía
      la barba de mi padre,
      a Ra'su-hu y sus adulaciones.
      Muchos hombres sin tacha
      orillaban el trono temerario.
      Velada detrás de la celosía
      buscaba la sonrisa
      que robó mis sonrisas inocentes,
      el halcón que arrebató de mi nido
      frágiles perlas dulces,
      y estando tan callada me moría
      cual si fuera esta fiesta
      secreto funeral de mi esperanza.

      La reina me miró,
      instó a mi madre para que yo comiera.

      ¿Qué bocado gustoso
      sabría yo tomar en mi agonía?

      *Nombre del nieto del rey





          © August Macke



      Si yo no hubiera estado muriendo lentamente
      habría valorado los dones del jardín:
      Diáfanas terrazas voladas sobre el río
      juntando los colores de rosas estimadas;
      la sala de perfumes, un techo celestial
      de tapices dorados,
      los aromas del ámbar y flores de Catay...

      Peinándome cl cabello,
      mujeres con las uñas tatuadas por los dioses.

      Más que un jardín un bosque que, en amenas colinas,
      servía de infinito vergel para mil pájaros
      de encantado plumaje y canciones de luz.

      Y la reina jugaba a alquerque con mi madre...
      Vi a mi hermana pequeña correr entre los mirtos,
      vi el alarde orgulloso de los hombres del rey.

      Las doncellas más jóvenes ofrecían los platos
      del exquisito hojaldre relleno de pichón.

      Pero ya estaba ciega y, viendo, no veía,
      sólo escuchaba al río escapando del llanto.
      Al agua le pedí
      que me llevara aprisa
      por abreviar la muerte que en mi pena se holgaba.

        miércoles, abril 04, 2007

        El libro de Zaynab. I´Dar Dunnuní. I.

        (Ver entrada anterior)





              © Matisse





        Se convirtió mi espera en calcinada brasa.
        No adiviné su sombra presurosa a mi lado,
        no escuché ni un crujido de alerta en mi jardín.

        Añoraron mis sábanas otro calor, el fuego.

        Las estrellas callaron su ausencia inesperada,
        las lágrimas ahogaron mi entrecortado aliento.
        Temí si estaba enfermo, si se fue de viaje
        a la ciudad del Sur.
        Pregunté a los espíritus, al aire y a las rosas.

        Y el alba acaeció como verdugo blanco
        por segar mi esperanza con un filo de angustia,
        encontrándome sola, con las manos abiertas,
        igual que el pobre hambriento que yace en un rincón.

        ----------

              ¿Por qué no has regresado
              a mi nido caliente?
              ¿Dónde estarás, paloma,
              en la noche que crece?


        ----------





        Cruzamos por Bab Al- Yayl*
        después de atravesar
        el zoco de las bestias,
        donde mi yegua y yo nos encontramos.
        Mi padre iba delante
        abriendo paso con porte solemne,
        mis hermosos hermanos,
        prometedoras yemas.

        Me cubría con velo, iba tan triste...
        Quise ocultar mi rostro a las miradas,
        el blanco pétalo, en mi cara, enfermo.

        La esperanza de hallarle entre los nobles
        invitados del rey,
        mirarle y preguntarle sin palabras
        la razón de esta herida,
        el porqué de esta muerte hacia mi pecho.

        Los sublimes palacios
        eran soles derramando hasta el río
        sus vasijas de gusto en los colores,
        y a mi derecha: erguida fortaleza,
        orgullo de la plaza señalada.

        Ay, si mi corazón
        hubiera tal muralla
        que no dejase nunca penetrar
        al amado enemigo y su veneno.


        *Puerta de los Caballos


        EL LIBRO DE ZAYNAB. Segunda parte: I´Dar Dunnuní

        Dice Clara Delgado en su extraordinario libro:



        ..." Así, al-Hiyari indica que en la ciudad está el alcázar al-Mukarram que edificó (al-Ma´mun), donde celebraban las fiestas y que los oradores y poetas han descrito prolijamente. Una de estas fiestas a la que alude debe coincidir con la descrita por ibn Bassam con motivo de la circuncisión o i´dar del futuro al-Qadir(nieto de al- Ma´mun y heredero), cuya magnificencia quedó en la Península con el nombre de fiesta di-l-nuní o i´dar di-l-nuní como símbolo y expresión del mayor dispendio concebible...."

        martes, abril 03, 2007

        El libro de Zaynab. Fin de la primera parte


              © R. L´Hotellerie López




        Al-Muski
        Luis Delgado



        ¿Quién le abrirá el postigo de mi casa?
        ¿No se encontrará con el chorta alerta
        ni nadie le verá cruzar las sombras?

        ¿Quién le abrirá el postigo hasta el zaguán?
        Un siervo acaso, cómplice en el uso,
        o es un mago al que escuchan las llaves
        y se ablandan los muros con su voz.

        ¿Cómo burló a los perros del jardín
        y llegó hasta mi aposento de virgen,
        aquel primer encuentro, ya hace tanto?

        Me despertó su aliento como brisa,
        y en la primera noche me entregué
        como entrega el jazmín su perfume
        a la noche azabache del verano.




              © August Macke


        Me preguntó si iría al I´Dar Dunnuní.
        Quise ver, en la luna, que cerraba los ojos,
        que un susurro de hielo cruzaba los rosales.
        Temerosa temblé. . . no sé qué presentía.

        El bosque florecido podría convertirse
        en un hosco desierto sin caminos de estrellas.

        Me preguntó si iría:
        El nombre de mi padre era sobrada estirpe
        por ocupar estrado dentro del Al-Hizam
        y yo sería en silencio, engalanada y quieta,
        junto a mi madre tras los regios menacires.





        lunes, abril 02, 2007

        El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XXIX






        Touchia-Sana´a Qaim Ua Nisf I
        Gregorio Paniagua







        El hijo de mi tío, Ibn Arfa Ra´su-hu*,
        fue gozosa visita
        como la brisa fresca de la tarde.
        Mi madre perfumó
        las telas del diván
        con esencia de las rosas de Jur
        y engalanó las sedas a sus pies.

        Le ofreció vino dulce,
        él sonreía con el gesto astuto
        de quien conoce el mundo
        y aprecia lo exquisito.

        Mis hermanas cantaron
        con flautas y el laúd,
        mezclando su alegría las sonajas
        con las bellas palabras de mi primo.
        Escuchamos sus zéjeles
        y nos narró la gloria del león dunnuni**
        y el goce del sentido en la Qubbat al-Na'im***.

        Yo me atreví a mostrarle
        mi tímida casida
        del amor de Bagdad****.
        Ra'su-hu me observó,
        halcón que, descubriendo
        el miedo en las pupilas de la ardilla,
        planea sobre ella en terso vuelo.

        “Tus versos llegarán
        a la Amable Presencia
        y ha de venir el día
        que, de tu propia boca,
        le cantarás tu música.
        Él se habrá complacido,

        tocará tu mejilla”.


        Me asustó aquel halago
        de labios tan versados en la miel.

        Mi primo no sabía
        que ya tengo señor a quien complazco
        con secretas palabras
        de mi encendido cuerpo.


        *Poeta de la corte del rey Al-Ma'mun **Al-Ma'mun ***Templete con el techo constantemente cubierto de agua donde el rey se refrescaba sin mojarse. Al parecer, situado en la Almunia real. ****Poesía del «amor `udri» que se puso de moda desde la época de la Córdoba omeya.

        domingo, abril 01, 2007

        El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XXVII y XXVIII.





        Alquibla
        Luis Delgado

        Me regaló mi amante los versos de Ibn Hazm
        para que de ellos sepa el preludio impaciente
        del acto más dichoso, el instante de muerte
        y el gozoso cansancio que sigue a ese haber muerto,
        la rosa derramada que vuelve a dar olor.

        El libro tiene el tacto de la piel depurada
        con diamante y esencias. Abro el libro al azar
        entre tanto la espera cumpla su ser nocturno.

        “Exhalo amor de mí como el aliento”,
        y ya no tengo paz sino aspirando el almíbar
        donde flota mi fruta, tan ácida sin ti,
        día que me regala su color y se esconde,
        agua de mar tranquila con la que siempre aplaco
        mi acalorada carne.

        ¡Cómo sabe mi amigo contentarme en secreto!
        Después le mostraré lo que ahora he aprendido
        con el dulce lenguaje
        del de Córdoba.












        Al irse mi paloma a sus torres del día
        quedo mirando el alba desplegarse ante mí.
        La luz, como en hebrillas de raso nacarado,
        -aún el río en sombras- se prende al Ceñidor,
        castillo al-Mukarram*, complacencia de Dios,
        y después de posarse sobre tales dorados
        el camino del sol despierta a la ciudad.

        Mil almuédanos llaman a la salat al-fayr**
        para honrar este día que el Señor va mostrando
        sobre los alminares.

        Oigo el ruido lejano de los zocos despiertos,
        los alatares abren sus olorosas tiendas,
        descargan los faquines con sus manos heridas,
        mide el almotacén el precio del pan blando
        y los gritos pregonan tejidos de Damasco,
        semillas de la India y frutas de tez rubia.

        El río se ha teñido del rosa de los astros,
        los jardines susurran el más fresco rocío
        y la leche caliente asciende con su aroma
        a mi cama aún tibia,
        y el sueño me penetra con su dardo feliz,
        durmiéndome dichosa sobre la huella amada
        de quien está conmigo aunque se haya marchado.










        *Alcázar o castillo reverenciado. Se refiere también a los palacios reales **Oración al alba.



        sábado, marzo 31, 2007

        El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XXV y XXVI.





        Non me mordas ya habibi.
        Jarcha de la moaxaja nº 8 de Jehuda Halevi
        Eduardo Paniagua





        Porque no me cansaba de preguntar su nombre,
        me contestó en susurros:
        “Vivo en tu corazón,
        y aquellos que habitando en la misma alhanía
        se les antoja al punto esa misma manzana
        en el mismo azafate,
        se nombran en silencio, sus ojos se conocen
        y con una mirada dialogan con su amor,
        se corresponden.

        Son como las estrellas,
        viven su espacio exacto y la voz de sus brillos
        sólo ellos la adivinan.

        Vivo en tu corazón,
        jamás he conocido palacete más tierno”.







        (Algunos investigadores localizan las clepsidras de Azarquiel por esta zona del río. Otros las sitúan en la Almunia Real)



        Con calzón y caftán
        y cubierta por el manto de seda
        como gusto en vestirme
        cuando camino sola,
        simulo un caballero,
        noblemente pasea.

        Esplendor de esplendores, la ciudad.

        Bajo hasta el río de la Vía Láctea,
        hacia Bab al-Dabbagin*,
        puerta que ciñe
        el penoso quehacer de curtidores.

        La estrella de los Di-l-Nun**
        manda al sabio al-Naqqas***
        obrar el sueño
        del tiempo enamorado con el agua,
        reloj que mida el paso de la lluvia.

        Así el río se asombra
        del juego en los estanques
        yendo a perderse entre los granadales
        al ocultar la luna
        su delgada gumía.
        Todos se maravillan del ingenio,
        haciéndose costumbre la visita
        para admirar la fábrica
        del de los ojos zarcos.

        ¿Estarás tú entre ellos, amado amigo,
        calculando las horas
        que restan al encuentro?


        *Puerta de Curtidores **Familia real de los Banu Di-l-Nun, a la que pertenecía Al-Ma´mun ***Famoso astrónomo de la corte de Al-Ma´mun, también llamado Azarquiel. Construyó las afamadas clepsidras junto al río Tajo.

        jueves, marzo 29, 2007

        El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XXIII y XXIV.






        Inshad-Baitain Rasd Ad-Dail
        Gregorio Paniagua



        En Mahrayan*
        sentiré la fresca seda en mi piel
        como lluvia invisible, aliviadora.

        Mi padre nos traerá cinturones bruñidos
        y en la musara** sudarán los caballos
        con el juego de cañas,
        y no habrá caballero
        que no beba en honor del verano
        el zumo de mil moras.

        En el jardín la alberca
        será hogar de avispas que espantaré
        sintiendo el agua blanca
        subir a mis tobillos,
        serenar mi cintura,
        jugar a criatura de mar lejano.

        Y al avanzar la noche
        con manto de frescura,
        no dormiré, te aguardaré desnuda
        igual que aquel que anhela
        los sutiles perfumes del jazmín
        para limpiar su denso pensamiento
        del caluroso polvo de la tarde
        entregándose, al fin,
        a un delicado gesto de belleza.


        *Fiesta del verano **Espacio despejado a las afueras, para la celebración de juegos, paradas militares.etc









        Oh, mi ciudad,,
        Madinat al-Muluk,
        la de mil alminares que ciegan con el sol,
        la de jardines ebrios de frescura sin pausa,
        la de espesas moreras que dan hilo precioso,
        escrita en tres lenguajes de oración y fortuna.

        Oh, mi ciudad de magia,

        ¿qué genio hubo bordado el tapiz de tus calles
        donde la luz no quema?
        El murmullo del río que te cuenta y se aleja
        es el latido noble de tu glorioso ser.

        Oh, mi ciudad, no sabes la pena de mi espíritu,
        el testimonio sordo de mi afán desvelado:
        Alguien recibe un nombre

        que acoges en tus brazos,
        el que busco con celo preguntando en tus signos,
        al que feliz recibo, quien me das cada noche
        y la luna, envidiosa, cada noche se queja.

        miércoles, marzo 28, 2007

        El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XXI y XXII.


              © Ricardo Martín





        La fuerza que tengo
        Calamus



        Aún recuerdo el día en que fui a la mezquita
        de Yabal al-Barid*, que llaman de Monte Frío,
        porque hoy la luz se cubre
        de un manto gris, pesado, como de tierra yerma
        donde la buena lluvia desperdicia sus dones.

        Era aquella mañana cual de cristal tallado,
        una huerta frondosa, brillante de alegría.
        Fuimos mi madre y yo en piadoso paseo
        y desde aquella altura
        la tierra regalaba, querida a nuestros ojos,
        agradeciendo a Dios su grande complacencia:
        Delante era el adarve
        de al-Yahud**,
        sus apretadas casas, los árboles graciosos
        de sus pequeños patios;
        hacia la izquierda el río, preso en el hondo tajo,
        llevándose murmullos, arenas de otra orilla.
        Y, más allá, en la vega,
        cerca de la maqbara que dicen de mozárabes,
        la almejía encendida del granadal en flor,
        su bermejo color era el augurio feliz del Paraíso.

        Oh, traspasado amor del corazón abierto.

        El muecín llamaba para salat al-zuhr***
        y supe que el Señor no olvidaría mi sala****
        en gratitud de mis afanes.


        *Mezquita de Monte frío o Monte Frido **Los judíos ***Oración al mediodía ****Oración






        Amo a mi amor después de haberme amado,
        aplacada su sangre varonil
        que, cansado de amarme, su fatiga
        es remanso armonioso de las aguas
        donde hablar o mirar las estrellas.

        Anoche le agradaba el ajedrez.
        Traje el noble tablero
        tallado de marfil.
        No sabía que aprendí de mi padre
        y quise, si ganaba,
        conocer de su nombre
        y,si el ganaba, tomar en trofeo
        los besos de mi boca y mi cintura.

        Jugamos sin descanso, silenciosos,
        como juegan los dedos de una mano.
        Era un ladrón el alba que asomaba
        tras las sublimes torres de Al-Hizam.

        A la vez que vencía
        al valor de mi amante
        tuve miedo para saber su nombre
        como si fuera el río que se escapa...
        Y me dejé ganar por su alta mano.

        No existió derrota más gustosa
        que la de sumergirme
        en tan hermosas aguas perfumadas.








        martes, marzo 27, 2007

        El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XIX y XX.






        Los ojos me lloran por perder a mi amada

        Calamus



        Acompaño a mi madre
        hasta el Suq al-Attarin*,
        cerca de la Mezquita.

        Pide hierbas de olor para las sábanas,
        olíbano que arome mi alhanía,
        el benjuí que proteja
        nuestro pecho en invierno,
        alezna que dé gusto
        a los tiernos pichones,
        azafrán y cominos
        que con ajos recubran
        el pescado del año,
        soconusco y vainilla
        del racahut en las tardes más frescas.
        Tanto olor, cual si me desvaneciera...
        Carísimos polvillos y semillas
        que se lleva mi madre
        y yo, sin pensamiento,
        salgo casi dormida de las tiendas,
        hurtada a los aromas
        por mi voraz señor



        *Zoco de Alatares







        Aquel a quien me entrego como avecilla loca
        cuando la vela inclina su luz hasta extinguirse,
        dulcemente me narra de la ciudad su historia,
        Madinat al-Muluk,
        y con su voz traslada mi sentido a otro tiempo:

        “Hacia el Puente de Barcas, Dios sabrá de esos días,
        una mujer bajaba para tomar los baños.
        Hija de noble infiel y, en secreto, querida
        del rey que sucumbió ante ése que dio nombre
        a la roca imponente de Gebel al-Tarik*
        .
        Florinda la llamaban,
        la de la piel que ciega el tacto más prudente,
        la de la risa hermosa para ensoñarse en ella.
        Ella guardó el enigma de nuestro primer día
        en esta tierra amada...
        Si Florinda supiera de tu cintura suave,
        libre de tatuajes,
        movería sus huesos donde quiera que esté.

        Mi cabritilla alegre,
        un día bajaremos al lugar de las barcas
        por recordar su baño con aguas de la luna».














        *
        Gibraltar



        lunes, marzo 26, 2007

        El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XVII y XVIII

              © Ruby Yunis



        La doncella del río y el valle del Guadix
        Luis Delgado



        A quien lea mis versos:
        Desconozco el lugar
        donde descansaré.
        Quisiera que la tierra fértil que me cubriera
        fuera lecho de un árbol de aromas exquisitos
        en sus bermejos labios,
        tronco imperecedero
        si le cedo mi sangre, mis huesos por nutrirlo.







        Hermanita del alma,
        ¿qué alhaja me pondré para la entrega?
        Pues nueva es cada noche en su llegada:
        Tiemblo igual que cordera que no conoce macho.
        Dime si este alcorcí de luces diminutas
        -son flores de romero­-
        sosegará en mi pecho tanto afán,
        para aguardar tranquila
        v que ofrezca su brillo,
        como el romero humilde alumbra mi jardín,
        cuando él lo arroje
        por desvelar la joya que esconde mi pudor.

        Dime, hermana del alma,
        ¿qué alhaja me pondré que lo ilumine?

        domingo, marzo 25, 2007

        El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XV y XVI



              © August Macke




              Ninni,ninni, jáhanum. Eduardo Paniagua



              Oh,madrecita mía,
              no dejes que me lleve esa mujer de ayer,
              con sus plumas de pavo para hablar de su hijo.
              Dicen del poco aliento del tiñoso muchacho
              y yo quiero tocar el rizo ensortijado
              de mi sedoso amor.

              Le ofreciste la carne jugosa del skbaj*,
              sus labios se mancharon, glotones, del aceite,
              después nueces peladas, preciados faludhaj**.
              Sus uñas semejaban tener hambre de siglos
              y el ruido de su boca era como el sonido
              de las pesadas muelas del molino de harina.

              Sonreía añorando los mizcales de padre;
              ella supo muy bien alabar tus aljófares
              pero erró en tu dulzura.

              ¿No ves que ella desea llevarme encadenada,
              que regale mi vida para su hijito enfermo?

              Ya no veré las calles ni bajaré hasta el río
              ni cantaré casidas de celos por la luna.

              ¿Y qué dirá mi padre al saber de mi entrega
              amorosa a otros brazos?

              Yo seré tu vergüenza y no querrás mirarme.

              Pues que ya soy casada con un nombre secreto,
              hermano de una estrella.


              *Estofado persa **Dulces





                    © August Macke


                    Le regalo a mi madre
                    los primeros capullos de rosas de Turquía.

                    La fiesta de Nayruz*.

                    Mi madre me responde con un bello rubí:
                    Es la gota de sangre en los labios
                    que mordieron mi mano en los juegos nocturnos.

                    La fiesta de Nayruz, día de primavera.
                    Se adelantó mi cuerpo a su llegada
                    y una helada aguja fue de agua tierna.

                    La fiesta de Nayruz es el momento
                    para doblar la aljuba que abrigaba
                    en el baúl de invierno.
                    Y la luz dibuja en los azulejos
                    jardines hechizados de color.

                    Seré rosal florido y la ansiosa abejita
                    se acercará a libarme
                    para la miel dorada del placer
                    .



                    *Fiesta de primavera












                    sábado, marzo 24, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XIII y XIV





                    El relámpago
                    Luis Delgado

                    Después de la plegaria de los viernes
                    hemos bajado a orar por nuestros muertos.
                    Cruza el mediodía la Bab Saqra *
                    hasta acariciar la extensa vega.
                    El suelo se cubrió con flor de almendro...
                    Suave el aire como aliento de niño
                    juega el río con vidrios solares.

                    En la maqbara**, el gusto del encuentro
                    entre los vivos rompe el silencio.
                    Se oyen las carcajadas de las daifas
                    bajo los alfaneques del amor.

                    Me siento donde mi amiga duerme.

                    Si supieras, Amira, lo que busco
                    las dos acogeríamos con ansia
                    compartir el secreto costosísimo.
                    Pero llegó Ezrael
                    cuando las flores de jazmín ornaban
                    los rizos de tus hermosos hermanos.
                    Me quedé sin ti, ovejita perdida,
                    sin tu voz de regalo melodioso.
                    Cubra de lluvia el cielo
                    tu tierra descansada.


                    * Puerta de Bisagra **Cementerio






                    Subiría al alminar del templo
                    cuando salat al-fayr*, al alba,
                    los pájaros rozándome la cara
                    y el aire fresco limpiando el cielo
                    de demonios nocturnos.

                    Sería invisible para el almuédano
                    -mientras su grito triste
                    llega hasta la muralla­-
                    convirtiéndome en un águila hermosa
                    que vuela sobre las torres, mi casa,
                    los preciosos palacios de Al-Hizam**,
                    hasta hallar tu morada,
                    tu ventana, tu lecho,
                    y yéndome a posar en el alféizar
                    mirando tu oración,
                    aguardando tu rostro.

                    Dios perdonará mi pensamiento
                    pues, cual ave liberada, te busco
                    como se busca un nido.



                    * Oración al alba **El Ceñidor: nombre que se les daba a los palacios reales, junto al Alcázar

                    jueves, marzo 22, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XII








                    M`Saddar Raml
                    Gregorio Paniagua


                    Hoy he ido al hamman por encontrarte,
                    lo hago por ti, mi amor,
                    que me disgusta entrar,
                    mentir que he estado enferma,
                    pensando que las aguas que nos limpien
                    tal vez sean las mismas.

                    Abandono mis ropas y me cubro
                    con una blanca sábana
                    y, paciente, espero en la sala fría;
                    después penetro en al-bayt al-sajún*
                    donde el vapor huele a un agrio sudor
                    y a partes escondidas.

                    Me adormilo transpirando
                    el pesar de no encontrarte nunca.

                    Con tafl**, la masajista
                    se entretiene en mi pelo
                    y con nura***mis piernas quedan suaves
                    como el pecho de un niño.

                    Oigo que otras mujeres
                    se descubren su amor o su desdén,
                    manchan su corazón con impudicias.

                    Y me entrego callada
                    a las ligeras manos de la joven,
                    despertando, al pronto, de mi sopor
                    si sumerjo mi cuerpo
                    en la pila de mármol;
                    sus aguas transparentes
                    susurran como el pozo de un oasis,
                    limpian mi miedo, me hacen olvidar
                    el ingrato diálogo.

                    Son sus roces tus dedos
                    cuando llegas desde la calle oscura,
                    pues salgo de los baños perfumada
                    y colmada de besos invisibles.

                    Ay, que el Señor perdone
                    mi pequeña mentira.

                          -------
                          ¿Aspiras mi perfume
                          de recién bañada?
                          Mi cuerpo es un rosal
                          con rocío de alba.
                          -------




                    * Habitación caliente de los baños **Tierra de greda utilizada en los baños ***Crema depilatoria
















                    martes, marzo 20, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XI.

                          © August Macke





                    Uaddaáuni
                    Eduardo Paniagua


                    EL MERCADO


                    I

                    He salido al mercado vestida de muchacho.
                    Cruzo el barrio de sastres, me acompaña el rumor.
                    Los vendedores gritan qallá, saffáy y mirqas*..
                    Otros reclaman oro, texturas que vender
                    o que robar.

                    Hombres de piel oscura llegados desde el Nilo,
                    bereberes, señores del tiempo de las dunas,
                    genoveses y francos,
                    los gigantes del Norte con sus frías pupilas
                    y mendigos que alaban los óbolos de Dios
                    en los más justos.

                    Los escribas recogen peticiones y sueños
                    y el perfumista engaña penetrantes hedores
                    con aromadas aguas de narciso o limón.

                    Se oyen lenguas extrañas de las ciudades límite
                    que el Profeta olvidó;
                    una música, un grito en la mañana plena
                    me impiden recordar
                    la voz que busco y amo entre tanto color.



                    II

                    Desde un rincón un viejo, lisonjero, me llama:
                    “Tal vez yo te conozca,
                    álamo sin crecer, joven halcón.
                    Lo que es bueno sabrás del destino en mis dados.
                    Tan sólo una moneda, padrecito...
                    Lo prohibido también conocerás de mí
                    para que nunca peques.”

                    Y cuando el viejo rompe los dados en el suelo
                    un temblor le recorre, no me quiere mirar:
                    “ ¡Ay, muchachito aciago, por la estrella que buscas
                    tú dormirás sin fin!”.


                    *Diferentes frituras de pescados, buñuelos y carne

                    lunes, marzo 19, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. IX y X.





                    El hechizo de Babilonia
                    Luis Delgado



                    Me oculto recelosa tras de los mencires*
                    pues yo quiero buscar si entre los caballeros
                    que besan a mi padre
                    en la visita
                    viene el hombre que ansío, aquel por quien retiro
                    el velo de mis ojos con amor y con sed.

                    «Será bella alaroza,
                    pura como las alas de una casta paloma».

                    ¡Ay!,
                    si yo no fuera la hija
                    de los Hadidies**
                    ni mi nombre tuviera el oro por reclamo
                    correría en la noche persiguiendo sus pasos,
                    el chorta*** sería ciego,
                    llamaría a la puerta que amo y desconozco
                    y allí me olvidaría.


                    * Miradores cubiertos de telas y celosías
                    ** Familia del noble que mandó construir la mezquita de Bab al- Mardum
                    ***Guardián nocturno de las calles







                    El último día del mes noveno,
                    que el Señor reconozca mis ayunos,
                    encenderán las calles sus candiles
                    de fiesta cuando llegue la noche.
                    Pensaré que cayeron las estrellas
                    y brillarán las risas con los ramos;
                    en el jardín, el aire será olor.

                    Mis hermanas y yo
                    saldremos alhajadas con ajorcas
                    tintineantes al paso de la danza;
                    tomaremos el néctar del nabidh,
                    bálsamo del corazón afligido.

                    Trataré de buscarte entre el gentío
                    y encontraré tu rostro entre los rostros.
                    Amor, mi alegría se volverá
                    se volverá licor para tu boca.










                    domingo, marzo 18, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. VII y VIII.



                          © J.G. Pfretzschner




                    Sana´a Al-Isbihan
                    Gregorio Paniagua



                    Un animal secreto la naranja
                    un animal sin nombre, adormecido,
                    brilla entre las manzanas
                    y el vaso de nabidh*, tan oloroso.

                    Desde el mexuar pasa la luz, la tarde
                    se pierde en el jardín,
                    mientras tanto acaricio
                    la primera naranja de Levante
                    y el animal despierta
                    regalando su olor.

                    Al desgarrar su piel
                    cae el zumo liberado a mis dedos,
                    más fresco que la esencia
                    de bermejas rosas con albahaca.
                    Ya se entrega a mi boca
                    cual si fuera el hambriento, devorándome.

                    Ay, si mi cuerpo hubiera ese perfume
                    liberando sus zumos en tu boca,
                    refrescando tu sed,
                    quedándome en hebrillas por tus dientes.

                    Sería Tawaddud*
                    ofreciéndote el fruto al despertar.



                    * Licor suave
                    **Personaje femenino de Las mil y una noches






                          © A.Jurjane


                    Juego con mis hermanas a decir del amor...
                    Son aguas que se pierden
                    sus palabras,
                    no atienden a su acento
                    y comen almojábanas igual que arrojan piedras,
                    y beben del licor escarchado de dátiles
                    olvidando su aroma, su esencia preciosísima.

                    Así las miro hablar:
                    Despreocupadas, necias, igual que las perversas
                    mujeres del hamman*.
                    Me callo y oigo al viento mover sus brazaletes
                    en los mirtos.

                    Tan sólo mi hermanita menor sabe de mi alma.
                    No se pinta
                    las uñas con alheña
                    y es cariñosa y dulce
                    con mis versos prohibidos.

                    *Baños públicos






                    sábado, marzo 17, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. VI


                          © Ricardo Martín






                    Gibralfaro
                    Luis Delgado



                    LA MEZQUITA


                    I

                    Todos los hombres creen
                    que un hermoso muchacho se aproxima
                    a la mezquita Aljama*.
                    He cambiado mi alquinal por el verde
                    de la escogida corte.
                    Los mendigos piden a sus puertas
                    vida fecunda para el generoso
                    y, con voz de serpiente,
                    la negritud de vida en el avaro.


                    Cruzo la luz del sahn** y purifico
                    mi piel no destinada
                    con las aguas rientes del estanque.


                    Bajo la capa bella
                    mis pies descalzos llevan el temor,
                    pero nadie me mira con sospecha
                    y aprueban, silenciosos,
                    que un joven tan apuesto acostumbre en orar
                    en el lugar sagrado del perdón.



                    I

                    ¿Qué sombras bisbisean
                    las sagradas aleyas repetidas
                    entre los arcos rojos?
                    Son la penumbra densa
                    y acogen roces fríos
                    del mármol en las plantas de mis pies.
                    Entre tantas columnas
                    sosteniendo lo oscuro,
                    un resplandor al fondo,
                    un signo que me orienta:

                    Oh, la al-qibla dorada,
                    deseo del horizonte del Este;
                    alhajado mihrab***,
                    guarda los ecos de oraciones sin voz.



                    Señor, si me escucharas...
                    Reconocer su nombre,
                    saber qué gesto habita.




                    *Mezquita mayor **Patio de las abluciones ***Nicho decorado en la al-quibla

                    jueves, marzo 15, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. IV y V.







                    El diwan de las poetisas
                    Luis Delgado



                    Salgo a comprar perfume
                    sin el permiso.
                    Un velo de algodón
                    cubre mi rostro
                    para que nadie sepa.

                    La risa de unos niños
                    se contagia en mi risa
                    y el alatar me muestra,
                    con histriónico gesto,
                    aceites de la mirra,
                    del benjuí y del mirto.
                    Florece la tienducha
                    con azahar invisible,
                    mas un aroma crece
                    de entre toda la esencia:
                    Mi hermana me exhortó
                    a que en Noviembre lleve
                    el gusto del almizcle
                    y elijo los reflejos
                    de su dulce cristal.
                    Pero ella desconoce
                    que en ese olor envuelvo
                    las noches de mi lecho.

                    Y al regresar a casa,
                    asperjo los tejidos
                    de mi alhanía:
                    El misterioso olor
                    de su rizado vello.





                          © S. Weingast



                    Mi madre me ha contado de jardines de arena
                    más lejos que los cielos del estrecho de Ormuz,
                    más lejos que las tierras de los templos del aire...

                    En mi jardín, los sueños llevan sedas de rosas,
                    mil racimos de orquídeas que se abren a la luna
                    y alegres pericones, medianoche su olor.

                    Y, entre todas, la flor que jamás se marchita,
                    que aguarda la humedad de la furtiva mano;
                    sólo un roce y sus pétalos,

                    locos de amor, se ofrecen,
                    locos de amor, abriéndose, esparciendo su polen
                    sobre la sabia mano que, a bien, la despertó.





















                    miércoles, marzo 14, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. III.


                          © Higinio



                    M´Saddar
                    Eduardo Paniagua



                    Hasta el mexuar* me llega el olor a jazmín
                    pero es extraño
                    que la mañana traiga los perfumes queridos
                    pues, al atardecer,
                    la flor prepara
                    silenciosas visitas.

                    Siempre al atardecer
                    los ramitos se abren en livianos temblores
                    de minúsculos cálices.

                    Y, a la noche, su efluvio
                    escala hasta mi estancia e impregna las almohadas
                    en tanto espero
                    un aroma de piel
                    que pueble el aire
                    con su caricia ardiente
                    y mi gemido.


                          ....
                          Vendrás con el jazmín
                          en tu cabello.
                          Aguardaré tu olor,
                          ya no me duermo
                          .....





                    * Corredor alrededor del jardín

                    martes, marzo 13, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. II.


                        © Merello







                    Taliatu al watia
                    Eduardo Paniagua


                    Vestida de muchacho, acompaño a mi padre
                    por el Suq al-Dawabb*.

                    Ataviado del verde costoso de Al-Ma'mun**
                    pavonea su fama entre los aljameles
                    y los extraños hombres que aman a sus caballos
                    como al juego o la sangre.

                    Busca un potro alfaraz
                    nacido del abrazo ligero de los vientos;
                    pregunta al yegüerizo por la hija más hermosa:
                    El animal se acerca, me lame y me conquista.

                    Mi padre se sonríe con mi elección honrada
                    y todos se sonríen, felicitan, asienten.

                    Pero yo busco un rostro detrás de aquellos rostros,
                    un gesto silencioso,
                    una mirada cómplice de reconocimiento.

                    ¿Dónde estás, mi señor?
                    Al zoco de las bestias me llegué con mi padre
                    por si el azar quisiera
                    regalarme tu nombre, descubrirte a mi amor.













                    *Zoco de las bestias. Zocodover
                    **Rey de la Taifa toledana del siglo XI

                    lunes, marzo 12, 2007

                    El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. I.







                    Me desea
                    Vocal: María del Mar Bonet.
                    Música: Luis Delgado



                    Oigo a mi madre
                    llamarme desde el patio...
                    “Zaynab”, me dice,
                    y es mi nombre en su boca
                    acento bereber
                    para que yo no olvide al nómada de arena
                    y su lejano grito,
                    perdido en la dorada ausencia de senderos.

                    Me regala mi madre el collar de monedas
                    que su madre le dio;
                    permite que desprecie el velo de mi rostro,
                    “mas úsalo en la plaza
                    que una sola mirada podría arrebatarle
                    a mi Zaynab
                    su tierno corazón
                    no acostumbrado,
                    cual camellita dulce,
                    a su montura”.
                          ...
                          Escucha, madre mía,
                          ¿lo sentiste llegar?
                          Ay, que mis dos cerezas
                          lo quieren obsequiar.

                    NUEVA SERIE




                    En el siglo XI, en el tiempo de la taifa toledana, que fue el momento de esplendor en la ciudad, vive una joven aristocrática y misteriosa, de la familia de los Hadidies. Ella es la ciudad.


                    Los poemas cuentan una historia. Los encontramos con la narración comenzada.
                    El libro está dividido en dos partes: Madinat Al-Muluk (Ciudad de los Reyes) e I´Dar Dunnuni (Circuncisión del nieto de Al- Ma´mun)


                    Intentaré acompañar con música la historia que cuentan. He de agradecer la ayuda de Kitblue por haber podido aprender a subir un fondo musical específico.



                    La portada del libro fue diseñada por el pintor, al que tanto admiro, Eduardo Beato.



                    Las imágenes fotográficas que aparecerán en las sucesivas entradas serán, en su mayoría, de mi amigo Ricardo Martín o de ilustraciones antiguas sobre la ciudad.

                    La música que escucharemos...es mi música... Luis Delgado y su maravilloso disco El hechizo de Babilonia, Paniagua y otros músicos.

                    Estos textos ya aparecieron en mi blog anterior, que duró poco. Vuelvo a subirlos en este blog y se los dedico, especialmente, a Jade, a mi arrocito, a mi amiga, tan delicada, tan exquisita, tan comprensiva, tan inteligente. Mi amiga Blanca. Ella sabe muy bien lo que siente Zaynab.


                    Y por último referir que el libro comienza con una dedicatoria: A mis padres y hermanos, y a los amigos que conocieron conmigo a Zaynab.



                    Ah, y algo importante: Para leer estos poemas hay que "olvidar" algo los de La música del fuego. Es el siglo XI, poemas del amor udrí...y una mujer que descubre la ciudad y se transforma en ella.

                    jueves, marzo 08, 2007

                    LA MÚSICA DEL FUEGO XX
























                    Mi homenaje a Brancusi y sus pájaros maravillosos y a sus otros pájaros en el espacio que son peces alcanzando el vuelo. La musa dormida me visitará en su sueño más adelante.

                    El último poema del libro
                    La música del fuego.





                    El músico Pat Metheny me ha acompañado mucho, siempre y, en varias ocasiones, sus creaciones han sido el fondo cromático, no sólo sonoro, de mis palabras. No he encontrado el tema que da título a este poema, una de las piezas de su bella obra Secret Story, pero la que he puesto es estupenda igualmente. Para otro momento contar mi asombro al hallar este tema en el disco y mi posterior encuentro surrealista con el propio músico en una noche de verano...








                    ANTONIA
                    (Pat Metheny)

                    Sobre el amanecer camboyano, una lamparilla,
                    dindones religiosos de metales.

                    El arroz,
                    el arroz mítico tiene la consistencia verde
                    de una estrella bañada con la lentitud del júbilo
                    porque las palabras que Ella atesora se recogen
                    en una afirmación de sí, en una lamparilla
                    ladinamente diminuta, aunque tenaz, jugando.

                    Por otro nombre, caballo que galopa.

                    Apodada:
                    “mañana de crin rizándose alrededor del día,
                    alegre reloj que besa tus párpados”.

                    Sostiene
                    el secreto de una soledad que baila, no cesa
                    de moverse en torno a tu tristeza y sería bueno
                    que supieras leer los signos que hace con sus manos
                    para saber dónde está contado el deseo, dónde
                    se guarda la escritura poderosa del deseo.

                    El mediodía existe en el oeste cuando Ella oye
                    un aleteo que se camufla como espejismo.
                    Despliega sus alas, es enorme, rodea nidos,
                    habla con las cigüeñas de París y con las tímidas
                    gárgolas que sólo beben si el incienso les sube
                    el caramelo blanco de las promesas.

                    Se posa
                    en el alféizar de tu ventana y observa inmóvil
                    tu gesto al hojear el aburridísimo tomo
                    de la erre de renuncia, de rutina, de residuos
                    que el miedo amontona en lo negro que debes firmar.
                    De pronto, golpe de viento o Ella, que se impacienta,
                    te desordena, te interrumpe.

                    ¿Acaso no recuerdas
                    que Ella te dijo que vendría y nada de ti, nada
                    doloroso, oscuro de ti sería su enemigo?

                    Pero prefiere el pentagrama de la tarde, el tramo
                    que separa de la melancolía a los maestros;
                    saben que hay una cierta muerte en cada tarde, un vaso
                    de vino de cansancio.
                    Es ese el sonido que busca,
                    una luz pajiza, luz de la lección de guitarra
                    en el jardín:

                    Lo mejor de noviembre.

                    Ella regresa
                    a la lentitud del júbilo, a la música que abre
                    tus manos porque son iguales que su soledad
                    y estar conmigo, amor, se vuelve compañía de astros,
                    amistad de planetas que si anochece relatan
                    la historia de cuando Ella te miró y tú la miraste
                    porque ya estaba escrito desde antiguo.

                    El caballo de la noche pasta añil de deseo.
                    El arrozal la viste con su piel.

                    Ella se llama lamparilla de un dios que no duerme,
                    alevilla de corazón que insiste con la llama.
                    Sueña que tu hombro acoge sus pequeñas alas blancas.
                    Sueña que tú la sueñas quemándose.

                    Y Ella se ríe.


                    martes, marzo 06, 2007

                    LA MÚSICA DEL FUEGO XIX




                    Aunque la pintura es de Botticelli, muy posterior a nuestra reina, imaginemos a Leonor, a Alienor,de perfil, atenta, muy atenta, soñando un poema secreto. Escucha una canción de su amigo Bernart. Ella está acostumbrada a adivinar lo que hay detrás de las dulces palabras de los trovadores.

                    ...El penúltimo poema de esta serie...




                    No encontré Can vei la lauzeta mover pero escuchamos quizá, sólo quizá,algo semejante.




                    Leonor de Aquitania escucha Can vei la lauzeta mover de Bernart de Ventadorn

                    La alondra elige el fruto de la zarza para afirmar que nada era regalo salvo su pecho abierto a las espinas. No oyó las prohibiciones de los álamos, avisos de resina hacia su olfato, sangre inminente oculta por las moras como una antigua miel que aguarda un cuerpo.

                            Dile a mi amado
                            lo que le cuenta el aire
                            entre su pelo,
                            lo que le cuenta el aire
                            cuando se agita
                            en las cortinas
                            que hay en su alcoba,
                            lo que cuenta el aire
                            aunque hablen zorros,
                            lo que le cuenta el aire
                            que yo respiro.



                    La alondra elige el fruto de la zarza no sólo apeteciendo, enajenándose, pues estaba despierta al vuelo firme de quien escoge herirse mientras deja frutos de tallo terso pero muertos. Y cuanto más se embriaga del morado zumo que se destila en su garganta, más se adentra la alondra, más empuja la rama que le clava su arma dentro.

                            Dile a mi amado
                            lo que le cuenta el aire
                            que se ata al árbol
                            que hay en su patio,
                            lo que le cuenta el aire
                            que está a su espalda,
                            lo que le cuenta el aire
                            aunque haya un pozo
                            sobre su cama,
                            lo que le cuenta el aire
                            que yo respiro.



                    La alondra elige el fruto de la zarza porque ya fue elegida por el fuego. Desvela que su vida no es la vida sino el ir desangrándose si vive y, elegida sin celo y capturada, su voluntad decide que se entrega al fuego que la busca y que la abraza a la vez que ella come y que se abraza al fuego que la hiere y la consuma.

                            Dile a mi amado
                            lo que le cuenta el aire
                            de las semillas,
                            lo que le cuenta el aire
                            aunque hoy le llueva
                            bajo los ojos,
                            lo que le cuenta el aire
                            que besa el beso
                            que hay en su boca,
                            lo que le cuenta el aire
                            que yo respiro.

                    lunes, marzo 05, 2007

                    LMDF XVIII


                    Vrindavan, el bosque celeste pero también terrenal... Donde no existe el daño.

                    Vrindavan es también un tema musical de L. Subramaniam. Como no lo he encontrado, escuchamos otra creación suya.








                    VRINDAVAN
                    (Subramaniam)

                    El tegumento se abre.
                    Y en ese bucle la primera nota
                    como el tambura
                    lejos
                    o manantial que comienza a fluir.

                    El silencio es una semilla joven,
                    una máscara
                    que inicia la danza del día de Año
                    Nuevo
                    en el palacio
                    de Mathura,
                    una pastora a la que Krishna besa
                    y no se atreve
                    a paladear
                    su saliva.
                    La risa del amanecer sin niebla,
                    la pupila
                    que apaga la vela de los caminos
                    dejado atrás.

                    He volado con el viento de mayo,
                    escapando del pico de los pájaros
                    cuando el silencio
                    se desperezaba
                    entre las ramas de los avellanos,
                    y he caído
                    en el brezo esponjado
                    de tu pecho.

                    Yo soy la hija del silencio, la música
                    mejor que no se pulsa,
                    la criatura
                    que guarda las medusas del deseo
                    en su pequeño pubis
                    y poseo la sílaba
                    de los jardines donde se abrazaron
                    Krishna y Radha.

                    No escuchas aún
                    cómo me abro,
                    no oyes la delicada percusión
                    de mis talones dentro de tu pecho.

                    Yo soy la hija del silencio, la nota
                    primera del tambura,
                    su hilo lejos,
                    hilo del manantial que no revela
                    su océano arbolado
                    de medusas.

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