domingo, marzo 25, 2007

El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XV y XVI



        © August Macke




        Ninni,ninni, jáhanum. Eduardo Paniagua



        Oh,madrecita mía,
        no dejes que me lleve esa mujer de ayer,
        con sus plumas de pavo para hablar de su hijo.
        Dicen del poco aliento del tiñoso muchacho
        y yo quiero tocar el rizo ensortijado
        de mi sedoso amor.

        Le ofreciste la carne jugosa del skbaj*,
        sus labios se mancharon, glotones, del aceite,
        después nueces peladas, preciados faludhaj**.
        Sus uñas semejaban tener hambre de siglos
        y el ruido de su boca era como el sonido
        de las pesadas muelas del molino de harina.

        Sonreía añorando los mizcales de padre;
        ella supo muy bien alabar tus aljófares
        pero erró en tu dulzura.

        ¿No ves que ella desea llevarme encadenada,
        que regale mi vida para su hijito enfermo?

        Ya no veré las calles ni bajaré hasta el río
        ni cantaré casidas de celos por la luna.

        ¿Y qué dirá mi padre al saber de mi entrega
        amorosa a otros brazos?

        Yo seré tu vergüenza y no querrás mirarme.

        Pues que ya soy casada con un nombre secreto,
        hermano de una estrella.


        *Estofado persa **Dulces





              © August Macke


              Le regalo a mi madre
              los primeros capullos de rosas de Turquía.

              La fiesta de Nayruz*.

              Mi madre me responde con un bello rubí:
              Es la gota de sangre en los labios
              que mordieron mi mano en los juegos nocturnos.

              La fiesta de Nayruz, día de primavera.
              Se adelantó mi cuerpo a su llegada
              y una helada aguja fue de agua tierna.

              La fiesta de Nayruz es el momento
              para doblar la aljuba que abrigaba
              en el baúl de invierno.
              Y la luz dibuja en los azulejos
              jardines hechizados de color.

              Seré rosal florido y la ansiosa abejita
              se acercará a libarme
              para la miel dorada del placer
              .



              *Fiesta de primavera












              sábado, marzo 24, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XIII y XIV





              El relámpago
              Luis Delgado

              Después de la plegaria de los viernes
              hemos bajado a orar por nuestros muertos.
              Cruza el mediodía la Bab Saqra *
              hasta acariciar la extensa vega.
              El suelo se cubrió con flor de almendro...
              Suave el aire como aliento de niño
              juega el río con vidrios solares.

              En la maqbara**, el gusto del encuentro
              entre los vivos rompe el silencio.
              Se oyen las carcajadas de las daifas
              bajo los alfaneques del amor.

              Me siento donde mi amiga duerme.

              Si supieras, Amira, lo que busco
              las dos acogeríamos con ansia
              compartir el secreto costosísimo.
              Pero llegó Ezrael
              cuando las flores de jazmín ornaban
              los rizos de tus hermosos hermanos.
              Me quedé sin ti, ovejita perdida,
              sin tu voz de regalo melodioso.
              Cubra de lluvia el cielo
              tu tierra descansada.


              * Puerta de Bisagra **Cementerio






              Subiría al alminar del templo
              cuando salat al-fayr*, al alba,
              los pájaros rozándome la cara
              y el aire fresco limpiando el cielo
              de demonios nocturnos.

              Sería invisible para el almuédano
              -mientras su grito triste
              llega hasta la muralla­-
              convirtiéndome en un águila hermosa
              que vuela sobre las torres, mi casa,
              los preciosos palacios de Al-Hizam**,
              hasta hallar tu morada,
              tu ventana, tu lecho,
              y yéndome a posar en el alféizar
              mirando tu oración,
              aguardando tu rostro.

              Dios perdonará mi pensamiento
              pues, cual ave liberada, te busco
              como se busca un nido.



              * Oración al alba **El Ceñidor: nombre que se les daba a los palacios reales, junto al Alcázar

              jueves, marzo 22, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XII








              M`Saddar Raml
              Gregorio Paniagua


              Hoy he ido al hamman por encontrarte,
              lo hago por ti, mi amor,
              que me disgusta entrar,
              mentir que he estado enferma,
              pensando que las aguas que nos limpien
              tal vez sean las mismas.

              Abandono mis ropas y me cubro
              con una blanca sábana
              y, paciente, espero en la sala fría;
              después penetro en al-bayt al-sajún*
              donde el vapor huele a un agrio sudor
              y a partes escondidas.

              Me adormilo transpirando
              el pesar de no encontrarte nunca.

              Con tafl**, la masajista
              se entretiene en mi pelo
              y con nura***mis piernas quedan suaves
              como el pecho de un niño.

              Oigo que otras mujeres
              se descubren su amor o su desdén,
              manchan su corazón con impudicias.

              Y me entrego callada
              a las ligeras manos de la joven,
              despertando, al pronto, de mi sopor
              si sumerjo mi cuerpo
              en la pila de mármol;
              sus aguas transparentes
              susurran como el pozo de un oasis,
              limpian mi miedo, me hacen olvidar
              el ingrato diálogo.

              Son sus roces tus dedos
              cuando llegas desde la calle oscura,
              pues salgo de los baños perfumada
              y colmada de besos invisibles.

              Ay, que el Señor perdone
              mi pequeña mentira.

                    -------
                    ¿Aspiras mi perfume
                    de recién bañada?
                    Mi cuerpo es un rosal
                    con rocío de alba.
                    -------




              * Habitación caliente de los baños **Tierra de greda utilizada en los baños ***Crema depilatoria
















              martes, marzo 20, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XI.

                    © August Macke





              Uaddaáuni
              Eduardo Paniagua


              EL MERCADO


              I

              He salido al mercado vestida de muchacho.
              Cruzo el barrio de sastres, me acompaña el rumor.
              Los vendedores gritan qallá, saffáy y mirqas*..
              Otros reclaman oro, texturas que vender
              o que robar.

              Hombres de piel oscura llegados desde el Nilo,
              bereberes, señores del tiempo de las dunas,
              genoveses y francos,
              los gigantes del Norte con sus frías pupilas
              y mendigos que alaban los óbolos de Dios
              en los más justos.

              Los escribas recogen peticiones y sueños
              y el perfumista engaña penetrantes hedores
              con aromadas aguas de narciso o limón.

              Se oyen lenguas extrañas de las ciudades límite
              que el Profeta olvidó;
              una música, un grito en la mañana plena
              me impiden recordar
              la voz que busco y amo entre tanto color.



              II

              Desde un rincón un viejo, lisonjero, me llama:
              “Tal vez yo te conozca,
              álamo sin crecer, joven halcón.
              Lo que es bueno sabrás del destino en mis dados.
              Tan sólo una moneda, padrecito...
              Lo prohibido también conocerás de mí
              para que nunca peques.”

              Y cuando el viejo rompe los dados en el suelo
              un temblor le recorre, no me quiere mirar:
              “ ¡Ay, muchachito aciago, por la estrella que buscas
              tú dormirás sin fin!”.


              *Diferentes frituras de pescados, buñuelos y carne

              lunes, marzo 19, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. IX y X.





              El hechizo de Babilonia
              Luis Delgado



              Me oculto recelosa tras de los mencires*
              pues yo quiero buscar si entre los caballeros
              que besan a mi padre
              en la visita
              viene el hombre que ansío, aquel por quien retiro
              el velo de mis ojos con amor y con sed.

              «Será bella alaroza,
              pura como las alas de una casta paloma».

              ¡Ay!,
              si yo no fuera la hija
              de los Hadidies**
              ni mi nombre tuviera el oro por reclamo
              correría en la noche persiguiendo sus pasos,
              el chorta*** sería ciego,
              llamaría a la puerta que amo y desconozco
              y allí me olvidaría.


              * Miradores cubiertos de telas y celosías
              ** Familia del noble que mandó construir la mezquita de Bab al- Mardum
              ***Guardián nocturno de las calles







              El último día del mes noveno,
              que el Señor reconozca mis ayunos,
              encenderán las calles sus candiles
              de fiesta cuando llegue la noche.
              Pensaré que cayeron las estrellas
              y brillarán las risas con los ramos;
              en el jardín, el aire será olor.

              Mis hermanas y yo
              saldremos alhajadas con ajorcas
              tintineantes al paso de la danza;
              tomaremos el néctar del nabidh,
              bálsamo del corazón afligido.

              Trataré de buscarte entre el gentío
              y encontraré tu rostro entre los rostros.
              Amor, mi alegría se volverá
              se volverá licor para tu boca.










              domingo, marzo 18, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. VII y VIII.



                    © J.G. Pfretzschner




              Sana´a Al-Isbihan
              Gregorio Paniagua



              Un animal secreto la naranja
              un animal sin nombre, adormecido,
              brilla entre las manzanas
              y el vaso de nabidh*, tan oloroso.

              Desde el mexuar pasa la luz, la tarde
              se pierde en el jardín,
              mientras tanto acaricio
              la primera naranja de Levante
              y el animal despierta
              regalando su olor.

              Al desgarrar su piel
              cae el zumo liberado a mis dedos,
              más fresco que la esencia
              de bermejas rosas con albahaca.
              Ya se entrega a mi boca
              cual si fuera el hambriento, devorándome.

              Ay, si mi cuerpo hubiera ese perfume
              liberando sus zumos en tu boca,
              refrescando tu sed,
              quedándome en hebrillas por tus dientes.

              Sería Tawaddud*
              ofreciéndote el fruto al despertar.



              * Licor suave
              **Personaje femenino de Las mil y una noches






                    © A.Jurjane


              Juego con mis hermanas a decir del amor...
              Son aguas que se pierden
              sus palabras,
              no atienden a su acento
              y comen almojábanas igual que arrojan piedras,
              y beben del licor escarchado de dátiles
              olvidando su aroma, su esencia preciosísima.

              Así las miro hablar:
              Despreocupadas, necias, igual que las perversas
              mujeres del hamman*.
              Me callo y oigo al viento mover sus brazaletes
              en los mirtos.

              Tan sólo mi hermanita menor sabe de mi alma.
              No se pinta
              las uñas con alheña
              y es cariñosa y dulce
              con mis versos prohibidos.

              *Baños públicos






              sábado, marzo 17, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. VI


                    © Ricardo Martín






              Gibralfaro
              Luis Delgado



              LA MEZQUITA


              I

              Todos los hombres creen
              que un hermoso muchacho se aproxima
              a la mezquita Aljama*.
              He cambiado mi alquinal por el verde
              de la escogida corte.
              Los mendigos piden a sus puertas
              vida fecunda para el generoso
              y, con voz de serpiente,
              la negritud de vida en el avaro.


              Cruzo la luz del sahn** y purifico
              mi piel no destinada
              con las aguas rientes del estanque.


              Bajo la capa bella
              mis pies descalzos llevan el temor,
              pero nadie me mira con sospecha
              y aprueban, silenciosos,
              que un joven tan apuesto acostumbre en orar
              en el lugar sagrado del perdón.



              I

              ¿Qué sombras bisbisean
              las sagradas aleyas repetidas
              entre los arcos rojos?
              Son la penumbra densa
              y acogen roces fríos
              del mármol en las plantas de mis pies.
              Entre tantas columnas
              sosteniendo lo oscuro,
              un resplandor al fondo,
              un signo que me orienta:

              Oh, la al-qibla dorada,
              deseo del horizonte del Este;
              alhajado mihrab***,
              guarda los ecos de oraciones sin voz.



              Señor, si me escucharas...
              Reconocer su nombre,
              saber qué gesto habita.




              *Mezquita mayor **Patio de las abluciones ***Nicho decorado en la al-quibla

              jueves, marzo 15, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. IV y V.







              El diwan de las poetisas
              Luis Delgado



              Salgo a comprar perfume
              sin el permiso.
              Un velo de algodón
              cubre mi rostro
              para que nadie sepa.

              La risa de unos niños
              se contagia en mi risa
              y el alatar me muestra,
              con histriónico gesto,
              aceites de la mirra,
              del benjuí y del mirto.
              Florece la tienducha
              con azahar invisible,
              mas un aroma crece
              de entre toda la esencia:
              Mi hermana me exhortó
              a que en Noviembre lleve
              el gusto del almizcle
              y elijo los reflejos
              de su dulce cristal.
              Pero ella desconoce
              que en ese olor envuelvo
              las noches de mi lecho.

              Y al regresar a casa,
              asperjo los tejidos
              de mi alhanía:
              El misterioso olor
              de su rizado vello.





                    © S. Weingast



              Mi madre me ha contado de jardines de arena
              más lejos que los cielos del estrecho de Ormuz,
              más lejos que las tierras de los templos del aire...

              En mi jardín, los sueños llevan sedas de rosas,
              mil racimos de orquídeas que se abren a la luna
              y alegres pericones, medianoche su olor.

              Y, entre todas, la flor que jamás se marchita,
              que aguarda la humedad de la furtiva mano;
              sólo un roce y sus pétalos,

              locos de amor, se ofrecen,
              locos de amor, abriéndose, esparciendo su polen
              sobre la sabia mano que, a bien, la despertó.





















              miércoles, marzo 14, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. III.


                    © Higinio



              M´Saddar
              Eduardo Paniagua



              Hasta el mexuar* me llega el olor a jazmín
              pero es extraño
              que la mañana traiga los perfumes queridos
              pues, al atardecer,
              la flor prepara
              silenciosas visitas.

              Siempre al atardecer
              los ramitos se abren en livianos temblores
              de minúsculos cálices.

              Y, a la noche, su efluvio
              escala hasta mi estancia e impregna las almohadas
              en tanto espero
              un aroma de piel
              que pueble el aire
              con su caricia ardiente
              y mi gemido.


                    ....
                    Vendrás con el jazmín
                    en tu cabello.
                    Aguardaré tu olor,
                    ya no me duermo
                    .....





              * Corredor alrededor del jardín

              martes, marzo 13, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. II.


                  © Merello







              Taliatu al watia
              Eduardo Paniagua


              Vestida de muchacho, acompaño a mi padre
              por el Suq al-Dawabb*.

              Ataviado del verde costoso de Al-Ma'mun**
              pavonea su fama entre los aljameles
              y los extraños hombres que aman a sus caballos
              como al juego o la sangre.

              Busca un potro alfaraz
              nacido del abrazo ligero de los vientos;
              pregunta al yegüerizo por la hija más hermosa:
              El animal se acerca, me lame y me conquista.

              Mi padre se sonríe con mi elección honrada
              y todos se sonríen, felicitan, asienten.

              Pero yo busco un rostro detrás de aquellos rostros,
              un gesto silencioso,
              una mirada cómplice de reconocimiento.

              ¿Dónde estás, mi señor?
              Al zoco de las bestias me llegué con mi padre
              por si el azar quisiera
              regalarme tu nombre, descubrirte a mi amor.













              *Zoco de las bestias. Zocodover
              **Rey de la Taifa toledana del siglo XI

              lunes, marzo 12, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. I.







              Me desea
              Vocal: María del Mar Bonet.
              Música: Luis Delgado



              Oigo a mi madre
              llamarme desde el patio...
              “Zaynab”, me dice,
              y es mi nombre en su boca
              acento bereber
              para que yo no olvide al nómada de arena
              y su lejano grito,
              perdido en la dorada ausencia de senderos.

              Me regala mi madre el collar de monedas
              que su madre le dio;
              permite que desprecie el velo de mi rostro,
              “mas úsalo en la plaza
              que una sola mirada podría arrebatarle
              a mi Zaynab
              su tierno corazón
              no acostumbrado,
              cual camellita dulce,
              a su montura”.
                    ...
                    Escucha, madre mía,
                    ¿lo sentiste llegar?
                    Ay, que mis dos cerezas
                    lo quieren obsequiar.

              NUEVA SERIE




              En el siglo XI, en el tiempo de la taifa toledana, que fue el momento de esplendor en la ciudad, vive una joven aristocrática y misteriosa, de la familia de los Hadidies. Ella es la ciudad.


              Los poemas cuentan una historia. Los encontramos con la narración comenzada.
              El libro está dividido en dos partes: Madinat Al-Muluk (Ciudad de los Reyes) e I´Dar Dunnuni (Circuncisión del nieto de Al- Ma´mun)


              Intentaré acompañar con música la historia que cuentan. He de agradecer la ayuda de Kitblue por haber podido aprender a subir un fondo musical específico.



              La portada del libro fue diseñada por el pintor, al que tanto admiro, Eduardo Beato.



              Las imágenes fotográficas que aparecerán en las sucesivas entradas serán, en su mayoría, de mi amigo Ricardo Martín o de ilustraciones antiguas sobre la ciudad.

              La música que escucharemos...es mi música... Luis Delgado y su maravilloso disco El hechizo de Babilonia, Paniagua y otros músicos.

              Estos textos ya aparecieron en mi blog anterior, que duró poco. Vuelvo a subirlos en este blog y se los dedico, especialmente, a Jade, a mi arrocito, a mi amiga, tan delicada, tan exquisita, tan comprensiva, tan inteligente. Mi amiga Blanca. Ella sabe muy bien lo que siente Zaynab.


              Y por último referir que el libro comienza con una dedicatoria: A mis padres y hermanos, y a los amigos que conocieron conmigo a Zaynab.



              Ah, y algo importante: Para leer estos poemas hay que "olvidar" algo los de La música del fuego. Es el siglo XI, poemas del amor udrí...y una mujer que descubre la ciudad y se transforma en ella.

              jueves, marzo 08, 2007

              LA MÚSICA DEL FUEGO XX
























              Mi homenaje a Brancusi y sus pájaros maravillosos y a sus otros pájaros en el espacio que son peces alcanzando el vuelo. La musa dormida me visitará en su sueño más adelante.

              El último poema del libro
              La música del fuego.





              El músico Pat Metheny me ha acompañado mucho, siempre y, en varias ocasiones, sus creaciones han sido el fondo cromático, no sólo sonoro, de mis palabras. No he encontrado el tema que da título a este poema, una de las piezas de su bella obra Secret Story, pero la que he puesto es estupenda igualmente. Para otro momento contar mi asombro al hallar este tema en el disco y mi posterior encuentro surrealista con el propio músico en una noche de verano...








              ANTONIA
              (Pat Metheny)

              Sobre el amanecer camboyano, una lamparilla,
              dindones religiosos de metales.

              El arroz,
              el arroz mítico tiene la consistencia verde
              de una estrella bañada con la lentitud del júbilo
              porque las palabras que Ella atesora se recogen
              en una afirmación de sí, en una lamparilla
              ladinamente diminuta, aunque tenaz, jugando.

              Por otro nombre, caballo que galopa.

              Apodada:
              “mañana de crin rizándose alrededor del día,
              alegre reloj que besa tus párpados”.

              Sostiene
              el secreto de una soledad que baila, no cesa
              de moverse en torno a tu tristeza y sería bueno
              que supieras leer los signos que hace con sus manos
              para saber dónde está contado el deseo, dónde
              se guarda la escritura poderosa del deseo.

              El mediodía existe en el oeste cuando Ella oye
              un aleteo que se camufla como espejismo.
              Despliega sus alas, es enorme, rodea nidos,
              habla con las cigüeñas de París y con las tímidas
              gárgolas que sólo beben si el incienso les sube
              el caramelo blanco de las promesas.

              Se posa
              en el alféizar de tu ventana y observa inmóvil
              tu gesto al hojear el aburridísimo tomo
              de la erre de renuncia, de rutina, de residuos
              que el miedo amontona en lo negro que debes firmar.
              De pronto, golpe de viento o Ella, que se impacienta,
              te desordena, te interrumpe.

              ¿Acaso no recuerdas
              que Ella te dijo que vendría y nada de ti, nada
              doloroso, oscuro de ti sería su enemigo?

              Pero prefiere el pentagrama de la tarde, el tramo
              que separa de la melancolía a los maestros;
              saben que hay una cierta muerte en cada tarde, un vaso
              de vino de cansancio.
              Es ese el sonido que busca,
              una luz pajiza, luz de la lección de guitarra
              en el jardín:

              Lo mejor de noviembre.

              Ella regresa
              a la lentitud del júbilo, a la música que abre
              tus manos porque son iguales que su soledad
              y estar conmigo, amor, se vuelve compañía de astros,
              amistad de planetas que si anochece relatan
              la historia de cuando Ella te miró y tú la miraste
              porque ya estaba escrito desde antiguo.

              El caballo de la noche pasta añil de deseo.
              El arrozal la viste con su piel.

              Ella se llama lamparilla de un dios que no duerme,
              alevilla de corazón que insiste con la llama.
              Sueña que tu hombro acoge sus pequeñas alas blancas.
              Sueña que tú la sueñas quemándose.

              Y Ella se ríe.


              martes, marzo 06, 2007

              LA MÚSICA DEL FUEGO XIX




              Aunque la pintura es de Botticelli, muy posterior a nuestra reina, imaginemos a Leonor, a Alienor,de perfil, atenta, muy atenta, soñando un poema secreto. Escucha una canción de su amigo Bernart. Ella está acostumbrada a adivinar lo que hay detrás de las dulces palabras de los trovadores.

              ...El penúltimo poema de esta serie...




              No encontré Can vei la lauzeta mover pero escuchamos quizá, sólo quizá,algo semejante.




              Leonor de Aquitania escucha Can vei la lauzeta mover de Bernart de Ventadorn

              La alondra elige el fruto de la zarza para afirmar que nada era regalo salvo su pecho abierto a las espinas. No oyó las prohibiciones de los álamos, avisos de resina hacia su olfato, sangre inminente oculta por las moras como una antigua miel que aguarda un cuerpo.

                      Dile a mi amado
                      lo que le cuenta el aire
                      entre su pelo,
                      lo que le cuenta el aire
                      cuando se agita
                      en las cortinas
                      que hay en su alcoba,
                      lo que cuenta el aire
                      aunque hablen zorros,
                      lo que le cuenta el aire
                      que yo respiro.



              La alondra elige el fruto de la zarza no sólo apeteciendo, enajenándose, pues estaba despierta al vuelo firme de quien escoge herirse mientras deja frutos de tallo terso pero muertos. Y cuanto más se embriaga del morado zumo que se destila en su garganta, más se adentra la alondra, más empuja la rama que le clava su arma dentro.

                      Dile a mi amado
                      lo que le cuenta el aire
                      que se ata al árbol
                      que hay en su patio,
                      lo que le cuenta el aire
                      que está a su espalda,
                      lo que le cuenta el aire
                      aunque haya un pozo
                      sobre su cama,
                      lo que le cuenta el aire
                      que yo respiro.



              La alondra elige el fruto de la zarza porque ya fue elegida por el fuego. Desvela que su vida no es la vida sino el ir desangrándose si vive y, elegida sin celo y capturada, su voluntad decide que se entrega al fuego que la busca y que la abraza a la vez que ella come y que se abraza al fuego que la hiere y la consuma.

                      Dile a mi amado
                      lo que le cuenta el aire
                      de las semillas,
                      lo que le cuenta el aire
                      aunque hoy le llueva
                      bajo los ojos,
                      lo que le cuenta el aire
                      que besa el beso
                      que hay en su boca,
                      lo que le cuenta el aire
                      que yo respiro.

              lunes, marzo 05, 2007

              LMDF XVIII


              Vrindavan, el bosque celeste pero también terrenal... Donde no existe el daño.

              Vrindavan es también un tema musical de L. Subramaniam. Como no lo he encontrado, escuchamos otra creación suya.








              VRINDAVAN
              (Subramaniam)

              El tegumento se abre.
              Y en ese bucle la primera nota
              como el tambura
              lejos
              o manantial que comienza a fluir.

              El silencio es una semilla joven,
              una máscara
              que inicia la danza del día de Año
              Nuevo
              en el palacio
              de Mathura,
              una pastora a la que Krishna besa
              y no se atreve
              a paladear
              su saliva.
              La risa del amanecer sin niebla,
              la pupila
              que apaga la vela de los caminos
              dejado atrás.

              He volado con el viento de mayo,
              escapando del pico de los pájaros
              cuando el silencio
              se desperezaba
              entre las ramas de los avellanos,
              y he caído
              en el brezo esponjado
              de tu pecho.

              Yo soy la hija del silencio, la música
              mejor que no se pulsa,
              la criatura
              que guarda las medusas del deseo
              en su pequeño pubis
              y poseo la sílaba
              de los jardines donde se abrazaron
              Krishna y Radha.

              No escuchas aún
              cómo me abro,
              no oyes la delicada percusión
              de mis talones dentro de tu pecho.

              Yo soy la hija del silencio, la nota
              primera del tambura,
              su hilo lejos,
              hilo del manantial que no revela
              su océano arbolado
              de medusas.

              jueves, marzo 01, 2007

              LMDF XVII




              Turner. Debussy...Y una invitación al viento...





              Danza

              He visto caer la nieve en el agua
              y convertirse en mujeres que mueven
              sus pies entre los huesos de los héroes.
              En el fondo del lago hay una orquesta
              de pianos fabricados con la tris-
              teza del día,
              con los dioses
              olvidados,
              con los sacrificios
              perdidos.

              Yo no me hundo, voy al centro del lago,
              toda la luz es blanca, blanca, blanca
              y levanto mi falda de vapor
              y mis brazos oscilan como ramas
              del árbol
              del ansia,
              plateado,
              hermoso.

              Mírame
              bailar
              sobre el agua.

              Tú no sabes hablar; como la nieve
              callas en las orillas, tienes frío
              del miedo que amordaza, que aprisiona
              la palabra sin leyes, sin virtudes,
              la única palabra que quemaría
              la huella
              de los lobos,
              el vuelo
              de los grajos
              del invierno.

              Mírame
              girar
              en el agua.

              Te cubrirá la nieve cuando baile.
              Después te llevaré donde patinan
              los niños que no quieren escuchar
              otra música.

              ¿Y si te invitara al centro del lago
              y asido a mis caderas no te hundieras...?

              lunes, febrero 26, 2007

              LMDF XVI









              Deseo

              Te sostengo con la demora de una cálida energía.

              Soy un aire que duerme en el futuro, que no se envejece con la impaciencia de una muchacha violeta, acalorada, aguardando una llama que no volverá jamás a convertirla en fuego.

              Te sostengo con la precisión del leve niño sujeto a la cintura de su madre. Puede la arena que requema dañarla en la planta de los pies o el escorpión rastrearla en sus sandalias. Ella sólo se tiende cuando el infortunio se separa de un abrazo al pecho diminuto que la erige como una fortaleza inexpugnable, como un templo de guerreros.

              Yo soy una columna vertebral, un titán obstinado que mantiene el esmalte en tu boca para decir que el mundo continúa asustándote y luego llamándote, invitándote desde su frágil y misteriosa piedraimán o jilguero o palabra que juega.

              Soy un tallo que empuja tu brazo, soy una margarita que camina sobre la ceniza de cuerpos anteriores, abrasados pero consintiendo todavía más furia enamorada.

              Yo soy tu puerta abierta,
              todo el agua del mar en la gavota de Juan Sebastián Bach.

              Mientras yo te sostenga
              soy la singladura que no cesa, la voz que te insinúa, la sed que te equivoca y la mano murmurando los cambios en tu rostro.

              viernes, febrero 23, 2007

              LMDF XV




              La imagen pertenece a PILAR BAMBA. Me gusta su pintura. Es la segunda vez que la admiro en el blog, públicamente. Y le agradezco su interés.






              Elegir una música de fondo es de lo más relativo...¿por qué no India Arie?


              Piromancia II

              En las naturalezas muertas
              distingo
              el cabello que fue olvidado:
              desvía el equilibrio y surge
              un tarareo, un golpecillo
              que corrompe la perfección,
              y el ave cazada, la fruta
              arrancada de su declive
              abren sus ojos al asombro
              pues queda un hilo sin arder,
              algo que simulaba frío.

              Percibo
              que no todo el atrevimiento
              de la abeja se domestica
              sobre la flor que aparenta si-
              lencio;
              un encarnado punto mínimo
              repite su canción salvaje
              mientras liba
              y en la flor, una oculta luna
              crepita, espera a que el desorden
              asole la serenidad
              como un volcán que parecía
              extinguido.

              Veo
              la mañana dominical
              plegarse sin incertidumbres:
              se está moldeando a tu patio,
              lame las ociosas y suaves
              macetas, el rumor cercano
              del café... suenas la satara
              para encantar a las tres cobras
              que reptaron
              a tu cama
              cuando la noche fue la arena
              que se adhiere al cuerpo... sudaste
              y la sed se tendía junto
              a ti,
              te acariciaba, tú sabías
              quién era.

              Crees que la mañana lava
              esas señales en tu piel,
              que las tres cobras se asustaron,
              que la luz irá revelando
              la verdad
              igual que una niña despreo-
              cupada.

              La claridad es una mecha
              invisible, llama que baila
              porque te miente ahora, miente
              iluminando tus rosales,
              azucarando tu café,
              apaciguándote los muslos,
              oliendo a calma, a la certeza
              de una mañana sin peligro,
              sin el rostro detrás que intenta
              apoderarse de tu sueño.

              En cualquier instante querría
              dejar de bailar y acercarse
              a ti con el fuego en las manos.

              Hay una música que vibra
              bajo las vestiduras plácidas,
              bajo la familiaridad
              de lo tranquilo.
              Detrás de la mañana, bajo
              la luz,
              ardiendo.


              martes, febrero 20, 2007

              LMDF XIV

              Me parece mentira, a veces, este poema...por mi mano. Habrá que releerlo cuando quiera dormir.

              Georgia O´Keeffe, la perfección de la sensualidad y el secreto...ah y esa extraña impostura de Anglada Camarasa. En ocasiones lo decadente da lecciones de futuro. De todos modos me encanta, ea.





              Y otra sensualidad, Chris Rea...cómo me gusta este tema. Para compensar la supuesta melancolía.


              Composición de la melancolía


              Hubiera terminado
              aplastando ramitos de romero en el libro
              de las resignaciones.

              El sentido común me mostraría
              los planos de un castillo de iceberg
              y su temperatura, disciplina
              del letargo,
              remataría torres defensivas
              y cerraría alcobas que conservan
              el licor que despierta al paladar.

              Hubiera terminado
              comprobando el piano cuando la fiesta
              de final de curso, distribuyendo
              antifaces de una velada al año
              donde pueden rozarse las caderas y los padres saludan
              desde el Ártico,
              donde conviene hacer proposiciones,
              donde los concejales han cedido
              limonada,
              cortinas de lunares para jaulas.

              Hubiera terminado
              llamándome rapsoda en los bautizos,
              dejando de fumar, pensando básculas,
              moviendo el abanico,
              seduciendo.

              Pero un licor desde la niña rubia,
              un veneno que fosforece incluso si las tardes afinan
              los laúdes
              en las ciudades
              de la melancolía...

              y me arrepiento de beber de golpe,
              y me arde la encía con la mostaza
              oscura,
              y me quejo
              de la soledad que hierve en el líquido,
              me quejo, me arrepiento de no haber sido cauta,
              complicada...

              Un licor, un veneno que desgarra
              en lo que vierte,
              que horada congeladas superficies, caldea el comedero
              de las focas,
              llama en Islandia al barro al rojo vivo,
              se mete entre mis dientes, desocupa
              muertos,
              vuelve vapor verdades razonables
              y luego,
              en el vapor,
              va trazando mi nombre y se desliza
              su dedo en mi garganta,
              va arañando,
              va posándome un nombre en la garganta,
              y llega a mis pulmones
              y allí expele la peligrosa miel,
              la muerte dulce,
              y no alcanzo a morir sino que rasgo
              respetuosas sedas
              y te doy a beber...





              Ah, y un té para dos...no, para compensar la supuesta melancolía, mejor un té para tres...






              domingo, febrero 18, 2007

              LA MÚSICA DEL FUEGO XIII



              Una misteriosa fuerza en Georgia O´Keeffe, pero también en la sonrisa de la condesa pintada por Federico de Madrazo. Para mis amigas este poema.






                    Y también el regalo precioso de la Variación Goldberg nº 2.



              Femeninos

              La mañana que reconquista el hielo cuando he escapado

              de mujeres que hablan
              de la amistad.

              La luz en mis oídos mientras callan las chimeneas

              de las tentaciones.

              La invisibilidad del sedimento que se deposita

              en tu negativa.

              El arma blanca que muestro al temido adversario

              de nombre Confidencia.

              La muñeca izquierda que recolecta lluvia en junio

              porque no bebes de otra
              fruta.

              La impresión del fantasma de la casa del sexo

              disolviéndose, borrándose.

              La faz de ese fantasma, su cal huera, su cáscara,

              su cinturón vacío.

              El ala izquierda de mi espalda, luego la derecha,

              la garza poderosa
              al elevarme.

              La mujer que confunde los secretos con una sabiduría

              arriesgada.

              La mañana en el altar de la piedra si alguien llega a tus ojos

              provocando
              un temblor.

              El alma de la luz en la silueta que cruza tu elegante negativa.

              La estrategia cuidada de la luz. No existe la memoria

              sino el claro
              violín de mi palabra.






              jueves, febrero 15, 2007

              LA MÚSICA DEL FUEGO XII


              Jesús P., mi cómplice y amigo, me dice que alrededor de este poema giran todos los demás. No deja de ser una apreciación de lector lúcido, poeta... una apreciación.






              Mi homenaje, con este tema, a una de mis películas preferidas. No digo cuál es...



              El astrónomo

              Ella
              danza tan rápida.

              Y él no puede seguirla.

              Tal vez la llame Sirio, Aldebarán
              o Mil Novecientos Ochenta y Cinco
              seguida de iniciales misteriosas.

              Danza tan rápida
              en la balada de los reptiles vo-
              ladores.
              Suaves labios cerrados tararean
              una antiquísima canción de cuna.
              Danza cegada, danza sin moverse
              de la estación del sílex,
              del zigurat brillando momentáneo
              y sin embargo calla
              qué fecha se cerraron
              los silos de la lava y se detuvo
              el viento.

              Él no puede seguirla y la ama tanto.

              Abre la cúpula en la cima, dista
              con un desprecio hostil
              de cálidas barbillas o ese curvo
              nacimiento del pelo;
              la busca más allá de las Hermanas
              Kurialya o del Centauro,
              la busca aunque no existe.

              Danza pero no existe.

              Y al mirarla anota en sus cuadernos
              que ella es verdad. Le vuelve a dar un nombre,
              la acaricia en la noche como al gozo
              y le inventa una historia,
              la saca desde el giro
              del baile,
              la desea,
              le inventa un territorio donde sepa
              tocarla.

              Danza tan rápida
              que no puede seguirla.

              Y anota en sus cuadernos: la he creado.

              Alguien le llama loco o es inútil
              contemplarla,
              perderla cuando el alba.

              Y le inventa el idioma con que escriben
              los amantes que se aman mientras se aman.

              lunes, febrero 12, 2007

              LA MÚSICA DEL FUEGO XI

              © Poertzel



              No pensaba en cambiar tan pronto a otra entrada, sin embargo, después de leer el blog Se descalzan los días... este poema del libro SE LO DEDICO A MESTIZA, creo que ella también es un preciosísimo pebetero art nouveau. La verdad, no hallé la imagen que quería, la de esa rara figura de una mujer que levanta sus brazos con una llama...la he visto, eh, en alguna parte, muy a lo Tamara de Lempicka, que me gusta tanto, quizá también crisoelefantina, pero ésta que vemos me encantó igualmente.


              En cuanto a la música, Mesti, te busqué el original cantado por Djavan (por supuesto Flor de Lis no es de Ketama), tampoco lo encontré pero esta versión me place igualmente.





              Pebetero art nouveau

              Levanto mis brazos ante el espejo,
              virgen osezna
              que no resguarda su candela sino
              que me sitúo,
              me estiro en una vertical de altura,
              tenso mis brazos,
              mi ombligo hasta el recto desprendimiento
              de un atlante que yergue su castigo,
              y el espejo se abre, es una ventana,
              mirada que entra,
              saluda, recoge, roba quizá,
              y se dilata,
              inspira la impureza porque sólo
              los muertos son
              perfectos.

              Mi columna levemente arqueada
              no resume la soledad, el tránsito
              a la destreza
              de soledad,
              sino que me sitúo y una intensa
              corriente
              sube desde la punta de mis pies
              dando la vida al río de mi médula,
              dando la vida
              sube, me electriza,
              y en la bandeja blanda de mis manos,
              igual que el pebetero de un estadio
              olímpico,
              se enarbola la llama, soy gigante,
              voltearé
              este planeta
              de reptadores.

              Dos palabras que irrumpen, mis dos palmas
              desean.

              domingo, febrero 11, 2007

              LA MÚSICA DEL FUEGO X






              Mi homenaje a María Callas. Una noche de verano fue escuchar LA BELLEZA. Cuando recordaba la historia de Tristán e Isolda, Iseo, Yseut, la Isla... Seguía escribiendo La música del fuego.




              Existen muchas imágenes sobre los amantes protagonistas de una de las historias más intensas del ciclo artúrico, de La materia de Bretaña. He elegido a Waterhouse.

              Este poema es otra de las raíces del libro, desde mi punto de vista. Nadie se engañe al leerlo y figurarse una alabanza a la muerte...todo lo contrario... Es,por fin, el bebedizo...




              María Callas canta Dolce e Calmo de la ópera TRISTÁN E ISOLDA de Wagner


              Esa rosa que bordé en la batista
              porque la niña aún ha obedecido
              el trazo de su madre en el dibujo...
              Ni el reflejo de la madera ardiendo
              la roza con el tiempo que se escapa.

              Puede volver la niña a apoderarse
              de los relatos de la ciudad que ama,
              puede rasgar la tela con la furia
              de ver a un hombre tonto abandonándose
              a la huida
              pero la rosa sigue insolentando
              con su belleza el día de la muerte
              de la inocencia.

              La miro y es un resto de la arcilla
              de los once años, de la quebradiza
              rama de un árbol muerto, al fin talado,
              al fin leña que ahora se convierte
              en el color
              del bebedizo.

              Soñé, cuando bordaba, con tu brazo
              dirigiéndose a mí, rompiendo el hilo,
              rompiendo el humo calmo de la infancia,
              y al fin he muerto, al fin, y resucito
              adiestrada en el arte de este fuego
              que devora
              a la rosa.

              La miro y no recuerdo los veranos
              del tedio obedeciendo a la cordura.

              Tengo una nueva flor que me ha crecido,
              una rosa de muerte que dibuja
              muerte a mi alrededor, muerte en mi vientre,
              muerte por fuego, fértiles vegeta-
              les de muerte,
              porque querer vivir después de hallarte,
              querer domar la rosa en la batista,
              es bordar una rosa acobardada,
              muerte por no volar, la muerte muerte.



              viernes, febrero 09, 2007

              LA MÚSICA DEL FUEGO IX


              © Daubingny


              Con la siega, Harvest, el viejo disco de Neil Young, una música mítica. Ansia y calor.











              © P.M. Etienne




              HARVEST

              (Neil Young)


              Huelo a mojado lejos,
              como olor a cigarro
              que alguien que ya no fuma localiza y aspira
              y se resiente
              recordando
              la estación peligrosa, la calada querida
              antes de todo el irse
              de su mundo.

              Bebo el corazón
              de la nube amarilla,
              paja de la memoria del trigo cosechado;
              lejos, una tormenta,
              pero no al otro extremo
              de Alabama,
              una cortina hilosa.

              ¿Quién te contó que el ansia
              huele a ceniza?

              Lejos, donde la nube por fin arrasa perros
              de calor y humeante sube un vaho de tierra.

              Nunca
              refresca esta cortina sino que se impacienta,
              enfebrece,
              se me hace escasa el agua.

              Tengo un olfato fino,
              huelo a mojado lejos,
              algo que se completa desprende los aromas
              del despojo.

              Nada es igual después de haber llovido, creo
              que han muerto esos dos cuerpos que no deben vivir.

              Huelo su muerte,
              el veneno
              que se bebe de un trago.
              La sed respira, vela, es un perro salvaje.

              ¿Quién te contó que el ansia
              mide su quemadura?

              martes, febrero 06, 2007

              MDF VIII

              © Hogan

              ¡Ah, mi impaciencia! Pero es que, pasando otra página del libro, he llegado a uno de los poemas que es, creo, el primero de los ejes de LA MÚSICA DEL FUEGO. Hay otros también, no muchos, que señalaré en su momento. Cuando escribí Alfar fue sentir una vez más, el deseo intenso, la pasión de los sentidos, el fuego, la llama rescatando de la nada... pero no un fuego loco (por eso titulo así el libro) sino con la música de la alegría, de sentirme viva y danza, tocar las cosas y convertirlas en palabra que arde... Tocar tus cosas...






              Ante la imposibilidad de elegir una música apropiada, más que tema he elegido a mi Vivaldi...¿Y para qué conformarse con un solo fragmento? Ah ¿Cómo resistirse?







              Alfar

              Ha habido remolinos de polvo que aparentan
              dibujos espirales alrededor del ansia:
              simulan dos serpientes que repiten relatos
              de muerte,
              después caen.

              Después ha habido lluvia, no bocanadas roncas
              de fósforo en la noche
              sino obstinada lluvia que lima los bancales.

              Y en esa arcilla fina que resulta de nubes,
              en la tierra lavada que, enmascarada, brilla
              sin rastros de un guijarro
              de temor como vértebra,
              alguien hunde sus dedos,
              alguien que vio la lluvia me aúpa, me desprende,
              que vio la lluvia y vino despacio, muy despacio,
              sabe de cada alvéolo
              mío, de las burbujas no mayores que polen.

              Sabe darme, tocarme:
              me levanta del grumo, me grama como a un pan,
              me sujeta en sus palmas
              de instrumento lacustre, me ondula hasta ser pelvis
              de acompasado tono,
              y su alaria me pule dos adivinaciones
              del vaso y de la sed,
              dos serpientes en celo que danzan sin tocarse.

              Y luego me he ahuecado,
              y me voy vaciando, y me colmo de un eco,
              y me horneo dorada,
              y me endurezco dulce.

              Y espero a que me lleve a su boca y me lleve
              al ansia
              y me lleve llenada del ansia y que me lleve.


              lunes, febrero 05, 2007

              MDF VII



              © Pedro Pablo Vaquer

              Iméropa es una de las Sirenas, concretamente la que posee una voz que invita al deseo.






              Iméropa

              Quizá en el sueño
              medicinal la escucho.

              Llega su lengua desde los cantiles
              donde se imantan los anillos, hierve
              un caldo primitivo,
              anterior a las tiaras nupciales
              y la abstinencia.

              Yo me creía a salvo
              como Vieja Mujer de los navajos,
              astutamente hueca
              y sabia.

              Pero canta,
              ella canta maligna,
              y lo que dormía para siempre
              en mí,
              lo que había cedido a las doncellas
              llamadas Blancaflor,
              lo que se aislaba en el mes de los muertos...

              Me cerca su canción
              y tiembla el hueso
              de mis yemas, el tejido reseco,
              el caparazón, la costra, la concha,
              tiemblan, crujen, se agrieta
              la piel.
              Entonces
              una punzada,
              un dolor casi olvidado, vencido,
              un jadeo que apremia,
              un saco vegetal, lleno, violento,
              expulsando
              la simiente...

              Esa lengua
              que quiere destrozar a las palomas,
              esa canción temida
              desenterrando un grito,
              esa voz que codicia,
              esa preciosa voz.

              sábado, febrero 03, 2007

              MDF VI

              © J.A.L. Cooke Oxford Scientific Films


              La abeja euglosina existe en un rincón del amenazado planeta amazónico y la orquidea cubo coriantes también, su cómplice, su amorosa enemiga. El poema no se editó así; no he podido resistirme a transformarlo en prosa poética... quizá se debiera haber publicado de ese modo. Es uno de mis preferidos del libro.






              Raga del deseo

              Ese macho de la abeja euglosina que busca los aceites de la orquídea coriantes para impregnar su abdomen amado por las hembras, hechizando a las hembras,

              cae a la trampa espesa de fluido, restos de insectos flotan con sus brazos perdiéndose,

              y casi extenuado por salvarse, esmeralda rendida, desvalida -es el fondo el flujo de los pétalos-

              escala la garganta que permite que la abeja la invada, y apenas ha temblado la flor cuando la cruza la intrusa enamorándose, porque al seguir lo angosto, húmedo, codicioso, se abrazan a su lomo dos extraños de estambre, -intención de la flor el navegar a un vientre vacío todavía pero expectante, hambriento.

              Ese macho euglosina, una vez fuera, si respira, si vive, empapado del líquido se limpia tanta baba que lo envolvió en la trampa; se enjuga y aletea, se repone deprisa, y el peso de los granos se imponen como tabas parásitas y bellas,

              hasta que vuela a otra cubo coriantes, ahora femenina, y se repite el óleo del peligro, repite caer, la casi muerte, y sale penetrando, y se quedan los huéspedes que ceñían su lomo, y empapado respira
              el ansia;

              esmeralda que vuelve sin memoria
              a buscar un perfume
              y vuelta
              y vuelta.

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