viernes, mayo 23, 2008

Poemas en Hermes V (Revista nº 2)





      Recuerdos de Madame de Tourvel


      Ella sabe
      que la tristeza es una daga lenta,
      tan invisible sobre la sonrisa
      que pudiera mostrar en los espejos:
      como si se tratara de un gesto tolerante,
      como si fuera el gesto
      de haber sobrevivido a una renuncia.

      Ella sabe
      que haber sobrevivido significa
      perder la invitación
      que da la muerte al llanto,
      perder esa condena de la hermosa mentira
      que le decía una y otra vez:

        ámame
      aunque no me ames nunca,
        ámame
      aunque me estés odiando.

      Y ella sabe

      que ni siquiera el odio
      hará callar los golpes de su pecho
      o la convertirá
      en alabastro dulce y venenoso.

      Porque recuerda
      que hubo un tiempo donde la inocencia
      era una forma
      de acariciar las rosas,
      que hubo un tiempo distante a cualquier filo,
      inconsciente y dorado,
      manso igual que una fuente,
      de abejas y de cofias con puntillas
      y de pulidos claves y Scarlatti.

      Porque recuerda
      que hubo un tiempo tranquilo para el ánimo
      ella sabe
      que nada sobrevive a la tristeza
      y que el tiempo que sigue al desangrarse
      es un tiempo de muerte de por vida.





martes, mayo 20, 2008

Poemas para Hermes IV (Revista nº 2)








      En todo se advierte el resplandor de la despedida


      Los enemigos
      se fueron alejando ensangrentados.

      No gritó la victoria o la tristeza
      ni quedarse sin alma
      después del ejercicio
      de aquel extraño amor.

      Un brillo en sus mandobles se bruñía
      igual que si de un pozo
      manaran los adioses.

      En las bellas escenas de los trenes,
      en la exasperación de los amantes,
      en el orín que huelen las jirafas
      y en el jaguar que acecha los colores
      de un artista.

      En todo, brilla en todo;
      es un fuego implacable que se espera
      bajo el perfume azul de los jacintos.

      Brilla acerado y suave,
      como la dilación de un dios impuro,
      como una enfermedad
      que las radiografías no encontrasen,
      como un monstruo de viento,
      despacio preparando sus escamas.

      Brilla, brilla sin detenerse.

      Y aunque tus brazos repitieron
      un recuerdo de abrazos mantenido,
      y el olor de tu piel se asemejaba
      a otros viejos olores y otras guerras,
      brillaba tanto el brillo
      que fue un único abrazo,
      una nueva memoria de derrotas.

      Y así,
      en aquella pasión de nuestras armas
      nos dijimos adiós mientras seguíamos
      arduamente luchando, resistiendo.

domingo, mayo 18, 2008

Poemas en Hermes III (Revista nº 2)



Fotografía de F. Rivera






    La bailarina de Ballet y la danza


    La distancio de grasas en sus músculos fríos,
    la estimo en meridianos más exactos que Greenwich
    y le desvelo el cuerpo que su instinto callaba
    volviéndome venablo, clavándome en su piel.

    Con lentitud levanto su boca adormecida,
    le borro de los ojos los cristales humanos
    y sale desde el agua a la sonora trampa...

    Apenas se sostiene
    por los pies a la vida primaria del carbono;
    diríase que un salto la ha convertido en seda,
    en ingrávida forma que admiran los espejos
    asesinos.

    ¡Qué veloz se escabulle de la arena que, en llamas,
    pretende retenerla!

    Se mueve y rompe lazos de pesadez, de azufre,
    se mueve con la misma costumbre de las plumas.

    Escapa de la luz, de la verdad, de herencias
    que quisieron amarla con granito en su vientre.

    Y se entrega hacia mí y ocupo su tersura,
    su silencio de rosa violada en mi apetito.

    Ella no es otra historia que mis abrazos crueles,
    o su domado cuerpo mis reglas inhumanas,
    y yo soy quien la inclino en un compás de sombra,
    en un agotamiento de tanto ser sin pausa
    mi capricho...

    Hasta que la resumo, voy plegando sus pétalos
    y, recogida, ausente, me marcho sin deseos,
    la abandono en el barro.

lunes, mayo 12, 2008

Poemas en Hermes II (Revista nº 1)




      Retrato

      No iré a los funerales
      de parientes que apenas conocía
      y han de ser de cristal los guantes que regalo
      para tener un uso valioso e inservible.

      Me mirarán muy mal cuando reparta
      con tan poca pericia mi cariño.
      Murmurarán:

      - se cree
      que anidando en un árbol de penumbras
      su corazón va y viene
      con el vuelo rebelde de los pájaros.

      Y sí, es lo que creo...

      ¿Acaso
      sabes proporcionar
      equitativamente
      la gracia apresurada de tu estima?

      ¿Y sabes distinguir
      un gorrión de entre todos,
      por si son inmortales como cuenta Paoletti?

      Pues sí, así me creo...

      Indiferente, igual que una avecilla
      sin ritos familiares,
      discutiendo por una miga seca,
      luego yéndome, siendo
      de idéntica textura con las plumas de otoño.

      Indiferente, igual que un leopardo,
      que un tren en vía muerta,
      que un camino hacia dónde...

      Ya no te digo más porque no es bueno
      saber todo de un pájaro.
      A ti te quiero y basta.
      Y quiero a los parientes
      de muerte lejanísima,
      queriendo mucho y poco, da lo mismo.

      Es un cariño de aire y del segundo
      que atrae el corazón a su memoria.

      Un animal que nunca se detiene,
      un ser alado y tonto
      e insumiso.

sábado, mayo 10, 2008

Poemas en Hermes I (Revista nº 1)

Entre los años 1995 y 2005 se fue publicando en la ciudad una revista (25 números)de carácter local dedicada a la creación literaria, fundamentalmente poesía. Esta revista tomo el nombre del dios viajero, ladrón y amante del juego que trae la palabra de los dioses, Hermes.

A lo largo de los años referidos colaboraron numeros autores con sus textos y con sus dibujos.


Así, comienzo una nueva serie de poemas: los que fui publicando en la revista ( si no todos, al menos los más relevantes) Algunos aparerieron con mi nombre y, otros, por el gusto del juego, con pseudónimo. Los poemas de Adelina Esteban, digamos que mi "amiga" saludándome en el espejo, y publicados durante varios números de la revista, ya fueron bajados hace tiempo en este blog...si acaso, ya veré si vuelvo a presentarlos.

El poema que ahora vemos fue publicado en el primer número de Hermes, revista estacional de poesía.








CARTA A JOHN K.


En este aprendizaje de la infelicidad hay un instante de esplendor que despereza
el árbol aletargado en mi escritura.

Hay un instante de esplendor que es mío:

las palabras no son una fruta violentada, no renuncian a la excitación de su prodigiosa fortaleza, inventan otro modo de acercarse al ocaso de la angustia y, en una página blanca, el azar de la existencia de las cosas más próximas a mí se convierte en carne y sangre y piel que no se pudrirán si desvío la mirada a causa del dolor, si pienso que no es verdad el fuego de la materia duradera.

Siempre me dices


mira cómo se entrega el sauce a la muerte, cómo despierta al día de su muerte acicalándose en el viento. Una gasa verde se insinúa en sus huesos, un leve movimiento de la tierra lo resucita. Mira cómo adelanta el fin, cómo no espera a ser llamado.

Y murmuras sonriéndome

no te resistas a su luz pues la muerte brilla al fondo de sus besos vegetales.


John,

en este aprendizaje de la infelicidad la luz es un irse deslizando a la amargura que ha extraviado el momento de esplendor prometido en la mañana; tal vez, el país de la monotonía hubiera dado un vuelco y, de pronto, nada estaba en su sitio porque temblaba el desorden de gozo con una inesperada anunciación:

el hallazgo de un tesoro pirata que se creía una leyenda, el saltar a la superficie un manantial de saludos tan impetuoso como los géiseres y con la misma fe que permanece en los alminares aguardando las respuestas consoladoras y divinas.

El árbol enraizado en mi escritura no posee el inicio de la primavera que resplandece en el sauce; de poco le ha servido su aguzada consciencia del exceso mientras la pasión se le iba enroscando vorazmente y él se dejaba acariciar y se perdía.

Y aunque sabe que la muerte no gusta de los epílogos sino que reside en la primera letra de los deseos, se estremece, no acierta a contener las grietas de la tristeza, se duele tanto que los días se transforman en un calvario de cofres abiertos y vacíos.

Qué pocas palabras se disfrazan entonces para la noche de la fiesta.

Qué celebración más rápida la de ese carnaval de no ser quien soy y ser el personaje a quien la suerte regaló su capricho de felicitaciones, un sortilegio de palabras para calentar el pecho de los que escuchan su declamar pausado, para emocionarlos y para conseguir una tregua en la aflicción inacabable.

He reconocido al viejo dios del tiempo entrando en mi casa, aclimatándose a mis hábitos de soledad y de pequeños abandonos por parte de los niños.

Siempre me has dicho que él encontraría mi refugio, que me arrebataría el significado del amanecer, de las intenciones libertinas, del repetirse una y otra vez las heridas del costado.

Este viejo dios ha tomado asiento en el árbol que se creía una población de cúpulas doradas, y las imágenes de fantasmas se multiplican igual que delgados frutos de una enfermedad silenciosa.

No me siento culpable porque otros dioses se hayan disuelto en la edad del barro; tú bien sabes que perder la ingenuidad es desconfiar de las peticiones de justicia, ya me advertiste cómo la inocencia hiela la mirada, cómo descubre las trampas del futuro.


John,

ahora comprendo que mi aprendizaje se ejercita en la sed de la memoria, un angustioso recordar que si los actos se repiten hasta el hastío, no todo es igual y la fugacidad los convierte en juegos irrecuperables, con su momento de esplendor, con su eternidad de huella perdida.

Y a pesar de tanto esfuerzo para morir despacio, me aconsejas que no pruebe de las aguas del Leteo.

No temas,
no beberé de sus aguas, no acercaré mi boca a su grial tranquilo y sin retorno.

Me quemará el paladar la negra aceituna del ansia, se abrasarán mis pulmones con la ceniza que vuelve cuando la alegría se despide, pero no beberé y tú no me verás en el lecho del río, cerca de los cuerpos tendidos boca arriba y lanceados por la corriente.

Resistiré en la infelicidad, se esfumará el momento de esplendor, se calcificará en el desencanto su peligrosa golosina, pero no beberé, ni siquiera me miraré en las aguas del Leteo.

Porque, a cambio del olvido, ¿qué leña harán de mi árbol de palabras aquellos que quieran abrazarse con sus restos de amor?

A cambio del olvido, qué otra cosa seré sino mentiras:
no haber vivido nunca la sinrazón de un juego temerario, no haber sentido nunca al corazón hallando una pregunta de cariño.


John,

no bajes aún las escaleras de la Piazza di Spagna y quédate a mi lado: contemplarás con mis ojos la querencia para crecer en la Melancolía del árbol que regamos suavemente;

alcanzará la infelicidad azul y luminosa del verano y no tendrá por techo más que su propia soledad, altura de palabras remontando el viaje de las aves que jamás,

jamás se detienen en un nido.

sábado, mayo 03, 2008

Entra el viento de olor ciruela...XIX y XX

Finalizo las ciruelas que es así como Jesús Pino y yo llamamos a este libro peculiar. Y finalizo con los dos últimos poemas; las palabras se cierran con mi adoración por Matisse y la magia visual de Cartier Bresson.







      Leda y el cisne




      No busco detrás de las nubes
      la diferencia en tu visita
      y el relato de un ángel
      anunciador de vírgenes.
      No, no hallaré otra providencia
      que la de tus plumas:
      saben a pulpa de melón,
      huelen a los regalos
      que festeja septiembre.

      ¿Para qué poseer un cuerpo
      después de haber sido la tierra
      de labor, la que guarda
      creaciones y limos
      sin coronas de espinas?

      Se abre el cielo como un silencio
      anterior a cualquier hallazgo,
      se abre y me rescata del hierro
      de las deserciones,
      de los cilicios.

      Se abre el tesoro del país
      de las nubes
      y no es altísimo quien llega
      y tiende a estar ausente cuando
      se le implora.

      (Me asemejo a Santa Teresa
      pero sólo en las ganas
      de beber)

      Brillo
      pero reírme ya es secreto.






      La paloma se dejaba asir por Matisse, se estaba muy quieta, muy blanca, muy sabedora de modelo cuando él la contempla y seduce su alma para siempre en el papel.

      Henri Matisse
      entonces le dice: seré tu vuelo y tu blancura.

      Cartier-Bresson, el otro Henri, casi ni parpadea.

      No sabe si fotografiar a las tres palomas
      que aguardan
      o ser él mismo una paloma más y que Matisse
      lo hechice.



sábado, abril 26, 2008

Entra el viento de olor ciruela...XVIII







      Zorah en la terraza




      Si habláramos de sumisión
      los peces dorados, absortos
      en su planeta de cristal,
      volarían
      de puro metal si la luz
      los incitara a la conjura.

      A la sombra de un sol que aloca
      hasta la muerte siento
      una breve separación,
      como descanso en la miseria
      o replegarse el hambre.

      Y en ese rincón,
      que de tanto trasluz
      casi es remanso,
      la dignidad de lo pequeño
      -tú, mirándome reposada,
      tú, surgida de los umbrales
      del agua- no pierde ni un ápice
      de su oro.

      Ahí quiero quedarme
      incluso muda.

sábado, abril 19, 2008

Entra el viento de olor ciruela...XVII




      Juego de bolas




      El día
      otorga la divinidad
      al momento más repentino.

      No añoro
      la infancia cuando alojo en ella
      lo que resta en mí de sagrado.

      La diosa
      absorta en su juego, invencible
      en lo insensato. Me pregunto

      si será el tiempo el adversario.

sábado, abril 12, 2008

Entra el viento de olor ciruela...XVI





      Máscara japonesa




      He elegido el punzón sereno
      del ritual de la renuncia
      para mostrarte que mi sangre
      tiene más de oculta pantera
      que de sometimiento al modo
      de sonreírte imperturbable.

      Incluso así, dos o tres gotas
      son deliciosas en el té
      de la soledad,
      tú y yo.

sábado, abril 05, 2008

Entra el viento de olor ciruela...XV




      Interior con niña




      Ella soy yo,

      ¡será insensata la plenitud matinal
      de los colores, de las frutas!

      En el silencio que concentra
      el espacio privado, deleite del viaje,
      como si el tiempo fuese ríos regresando
      o Henry James perdiera las tuercas,

      ella soy yo,
      tentada
      por el hule lustroso en la mesa, tentada
      por el agua de la jarra, por su cristal,

      provocada
      por los hierbas, los veroneses,
      el cándido algodón, canelas flavisuaves,
      lavandas, ultramar, corales, viridianos
      destellos, negros de Marte, sombras tostadas,
      tomates, pomelo, manzanas,
      calabaza…

      raptada en el papel…
      ¡Cuánta policromía
      me invita y no la escucho!
      Y ni siquiera estoy,
      ni siquiera descanso la mirada: soy
      el libro.

domingo, marzo 30, 2008

Entra el viento de olor ciruela...XIV



      La habitación roja




      Extraña
      al pasaje del equinoccio
      en los almendros, a la curva
      de la mañana en las paredes,

      distanciada,
      arropada con el tejido
      denso del secreto de flores
      bajando para contener
      el frutero, la nitidez.

      Me pierdo en la forma
      de las ciruelas amarillas
      rodando en la mesa.

      (Un don encarnado ilumina
      internamente el equilibrio)

      Y soy yo,
      bisbiseando a los licores,
      repartiendo calma a las frutas,
      quien aleja voraces dientes
      de este día… nada
      se precipita al fin del gusto,
      nada abatido de las sillas
      de enea.

      Sentaos en la luz, les digo
      a los fantasmas.

sábado, marzo 22, 2008

Entra el viento de olor ciruela...XIII









      Rayo de sol




      La culebra en el matorral
      despertando a los escondidos.
      No atiende a lágrimas del mármol
      o si cuelgan de algunas ramas
      muertos invisibles. Sisea,
      rumorea detrás del ibis
      que grita, sagrado, asombrándose
      de verse zancudo en el agua.

      Ahora
      toca vivir después de todo.

      La culebra
      se desliza entre la aflicción,
      entre las esmeraldas

domingo, marzo 16, 2008

Entra el viento de olor ciruela...XII






      El sueño. 1940




      Ocho mil flores de la acacia
      de Srebrenica en julio
      recubren a quien duerme.

      Este miércoles se golpea
      en las contraventanas.

      Se cansa el día de montar
      una hiena de sangre
      y aún no ha acabado el festín
      de los hombres ratón…
      cualquier cosa menos el nombre
      de hombre para jadeos
      de gumías.

      Ella duerme velada
      por flores pequeñitas, tales
      como fragmentos de camisas,
      flores de vello o flores
      de la parte más blanca
      de los ojos.

      Hoy duermen todas las mujeres
      con ella, con blusas bordadas
      y cordoncillos donde prenden
      retratos no terrestres.

      Necesitan las flores
      que tapicen, que no se vea
      ni un testículo, ni una oreja.

      Necesitan dormir.

      Es tan joven la muerte cuando duerme.

viernes, marzo 07, 2008

Entra el viento de olor ciruela...XI



      Interior en Collioure. 1905




      Naranja intenso, malva o verde
      en la calidez de la sombra,
      en el espacio que tamiza
      caleidoscopios.

      No se pierde el amor, más bien
      hay una lágrima que traza
      el veneno de la dulzura.

      No, no se pierde ni una gota
      del amor:

      telas de araña
      me recuerdan
      al Shannon de Los muertos de Joyce.

      Pero nada de la vasija
      del amor cae.

      La siesta de julio rodea
      mi cama y entra
      -como si Matisse conociese
      mis colores en la inflexión
      de la soledad- hasta abrirme
      entre sueños tu permanencia.

      Vas fluyendo en mí; lo demás,
      barcos que mece la fortuna,
      son dominios cruelmente ajenos.

domingo, marzo 02, 2008

Entra el viento de olor ciruela...X





      Bañista entre las cañas


      Que no me rocen hombros, dorsos
      de manos.

      Que no huela el sudor del hombre
      en la escalera.

      Que no me mire el detestable
      hombre avergonzando al mendigo,
      vociferando en el mercado.

      He deseado que me mimen
      los brazos hasta trastornarme
      la piel.

      He invitado a mi reino
      a aquellos que entienden los signos
      de la lentitud.

      He enseñado a las ranas
      para que diferencien reyes
      de entre los perfumados.

      Y he conseguido responder,
      escondida en los mimbres,
      a las crías
      del ave que sabe la sílaba
      de las rotaciones.

      Que me dejen con mi promesa
      cimbreándose.

      Que no me rocen,
      porque vuelvo del látigo,
      del dolor,
      de los gritos.

    sábado, febrero 23, 2008

    Entra el viento de olor ciruela...IX






        Los pájaros




        Las palomas de Matisse ignoran la madrugada.

        Pero otros pájaros afilados cruzan la puerta
        del puente, pasan rasantes por debajo del arco,
        sobre mi cabeza, me desafían a seguirlos
        en la cacería, en la revuelta, para esquivar
        a la zorra camuflada que luego será fuego
        desengañador.

        Es el momento de todas mis cuerdas afinándose,
        el intervalo de vuelo que separa carencias
        del súbito placer sólo por volar, solo viento
        animal, carnívoro con alas, viento en verano.

        Sí, es el momento de cautivar a las palomas.






      Música de Mozart Camargo Guarnieri
      Poema con mismo título que la pintura

    sábado, febrero 16, 2008

    Entra el viento de olor ciruela...VIII




          La ventana. 1905




          Quiero asomarme
          y que mis hombros se despejen
          de la tristeza.

          Entra el viento de olor ciruela
          agitador de los balandros,

          empuja la plata a los rielos
          y desanuda cuerdas para
          la tarde convertida en pulpo.

          Entra ese viento casi un hombre
          y por qué regala petunias
          y geranios cuando perfuma
          con sal,
          con escama,
          acaloradamente.

          Quiero
          que me vacíe, me despeje
          lóbulos, alise membranas
          mías, no me deje pensar.

          Es el momento de las telas
          coloreadas, el reflejo
          del incesante movimiento.

          Es el cristal de la ventana:
          doble tarde, doble esplendor,
          distante muerte.




    Música: Ernesto Nazareth
    El título de la pintura no lleva fecha,creo recordar, pero como Matisse nombró varias de sus pinturas del mismo modo, La ventana, he añadido el año en el que el autor fechó la obra que vemos.

    jueves, febrero 14, 2008

    Entra el viento de olor ciruela...VII







        La Danza. 1930-1933




        En la bacanal de los brazos
        hay un instinto que desdeña
        la habilidad de la pureza.

        Comienza una polifonía
        de ciervas listas para el salto;
        se fuerza la torsión
        de las cinturas, se levantan
        las piernas, se revela el sexo,
        la redondez, las pantorrillas,
        el sudor que deshaga
        las trenzas,
        que desmaquille los gemidos.

        Dadme, mujeres,
        dadme de ese bocado, dadme
        la música que hierve, el jugo
        del placer del instante: el héroe
        de la razón está perdido.

        Sólo mana una danza,
        sólo sed.


    viernes, febrero 08, 2008

    Entra el viento de olor ciruela...VI






        El silencio habitado de las casas




        Ha estado la mañana
        excitada con las ansias de los vencejos.

        El cielo era la parte oculta de una enorme
        concha: su molusco latía, tantos pájaros
        picando en la madreperla para una fiesta.

        Ha estado el árbol intentando parecerse
        a la nube
        o parecerse al ábrego que hurta cinabrio
        del bochorno,

        el árbol hablador
        cerca de la ventana,
        persiguiendo a las muchachas casi desnudas.

        Ese día mantuvo
        una tupida consistencia de cariño:

        aún puedo tocar sus paredes y verme
        sin rostro, verte a ti sin rostro, dos siluetas
        en la felicidad de algo que no se dicen
        pero está ahí, calmado
        y cómplice,

        dos figuras apenas precisadas dando
        un sentido a la sangre,
        un motivo para existir a la existencia,

        tú y yo, leyendo, o cualquier cosa…Susurramos
        bajito, me adivinas qué pienso, te observo,
        sonreímos… ¡me envidian
        los hijos de los pájaros!

    viernes, febrero 01, 2008

    Entra el viento de olor ciruela...V








    La conversación




    ¿No te parece inútil esconderse de la muerte que acude, anaranjada y rosa, con la primavera?

    ¿Y si de un día para otro sobreviene, salvaje con sus flores, la enfermedad de los abandonados, y sube como hiedra a la ventana y nos despoja de nuestra promesa elefanta a largas pesadumbres?

    Sí, estoy cansada de parecerme a la alegría de Keats, le respondí.

    En ese momento cruzó mi brazo la ráfaga del martín pescador, esa fiereza que amo tanto.













    (Música: Claro de luna. Debussy
    El poema lleva el mismo título que la pintura de Matisse)

    Acerca de mí

    Archivo del Blog







    Image Hosted by ImageShack.us
    Creative Commons License
    Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
    Jardí­n al mar 1605 Blog de poesí­a y otros textos Ogigia María Antonia Ricas
    Powered By Blogger