
Él es mi amor perfecto. Su mirada
La perfección de la pasión que siento


2.- (Cape Cod Morning)
Mirando como esa mujer
atenta en un punto escondido
y la inocencia de la clara
fuerza hallando su rostro,
sí, como ella, en el ventanal,
quizá esperando una visita
que me avisó de su llegada
hace tanto…
Antes de acaecer la prisa,
de saber que un día más
tenso mi rostro en el castigo;
antes de que cunda el fracaso
igual que agua gris inundando
el desayuno
de las intenciones;
antes de parpadear, este
momento donde nada rompe
el cascarón de la fiereza,
ahí, quieta para la luz,
una dueña que se complace,
una giganta dadivosa,
aunque la oscuridad se acerque
desde el bosque,
ahora, sin ruido,
sin transitar de la amargura,
mirando,
sosteniendo la piedra enorme
de la jornada, recogiendo
grácilmente
la transparencia.

FUEGO SOY APARTADO Y ESPADA PUESTA LEJOS
Y queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, lo estorbó una maravillosa visión –que tal parecía ella- que improvisadamente se les ofreció a los ojos; y fue que por cima de la peña donde se cavaba la sepultura pareció la pastora Marcela, tan hermosa, que pasaba a su fama su hermosura.
Capítulo XIV. Primera parte de Don Quijote de La Mancha.
Pertenezco
al viento de agosto granando el esmalte pinto de las uvas, cuando se llaman las abejas para escapar de los zorzales, cuando otros pájaros se arrojan hasta el sudor en mi cadera, y equivocan un espejismo, y me abanican mientras arden.
Aunque en las eras ya no vuelan briznas de paja ansiosa de agua mi cuerpo es de ese olor, poseo la memoria fina del trigo,
y pertenezco
a las muchachas que distinguen, en cada espiga, la señal que la tierra traza en la frente de las semillas, porque nunca es anónimo lo afectivo de las cortezas de las sopas de pan, nunca se pierde un nombre dado al pan cuando el pan nos oye.
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Me incluyo
entre las sombras que el acero dibuja bajo las pestañas de los atrapados por hoscas esquinas del abatimiento, ahí, en ciudades que olvidan la fluidez de amor de un árbol, la lentitud en la cosecha de los duraznos con tesoro, esos regalos ofrecidos por los que vienen en aviones de angustia, en pateras de argollas, en galeones de silencio.
Hay camas donde se adormecen jóvenes que han abandonado sus costumbres, anaranjadas de sueño, por una moneda afilada dentro, en sus muslos;
me incluyo
entre su piel y entregaría venenos con forma de labios a los que niegan la tersura de una mujer: ella desnuda su cuerpo pero continúa guardando un leve pañuelito en el pliegue de su corazón, donde ni los hornos de gas ni las violaciones aciertan a devorar el Paraíso.
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Pertenezco
al desvarío de quien lee menesteroso, agora, entuerto, desfacer, y sale a la noche, no se amilana con la voz del miedo, confía en la razón de su locura, desafía a gigantes humilladores, capitanes negreros, hordas de la vergüenza, y tanto estima la vida que se precipita hasta el don de vivir al lado de la muerte.
Aquel que pertenece al orden raro de la delicadeza, donde yo pertenezco agreste, donde me instruyo sin anillos del temor,
incluida en las intenciones de la libertad que tan sólo prefiere abrir los ojos cada día sin vigilar detrás de las puertas o prepararse para cotidianas visitas amenazantes…la libertad que escoge equivocarse o alzar un grito en llamas al deseo,
incluida en la predilección de la soledad que me asiste, pertenecida a criaturas de otra sal, venidas de lejos como las telas más preciosas, con distinto timbre en su risa porque fuego soy apartado y espada puesta lejos, calma precisión de la luz, serena maestría animal, pantera o pájara.
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Caballero,
decidle
a la pasión del hombre muerto que yo resucitaré el lienzo finalizado que lo cubre cuando giro mi falda para bailar con el viento de agosto, que lo traeré del basalto del olvido cada vez que hablo de la tarde con las perdices, que lo rescataré del odio de estar muerto cuando mi gato me maúlla espliego y se ríe, que yo lo besaré sin pausa, lo acunaré, lo acariciaré hasta que todo sea temblor en él, pura delicia de aire que respiro,
decidle
que no ha muerto, que nunca muere quien deja tras de sí el perfil de su amor como si de aliento se tratara, como si de un único aliento dependiera la rotación del día y se detuvieran torres, florecimientos, parpadeos, perdones de la noche, luces reconfortando…, al distraerse la respiración de lo leve y quebradizo del amor en las libélulas, en ciertos seres peculiares que siguen a las pelusas de los álamos por el gusto de enamorarse, en primavera, con fértil nieve poco versada en la soberbia.
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Pero también decidle
que no me incumbe su fantasma, su ceguera al mirarse en bruto y sólo ver posesión, medida de su sexo contaminando el frágil matiz de la dulzura.
No responderé a la violencia de su sed : necesita sangre femenina para creerse que es humano al lapidar todo lo que hay de humano en actos amorosos de una mujer que halla el dulzor en otra parte.
No le festejaré relatos de la magia de las hortensias ni de qué modo se intercambian peces los ríos que prefieren ir hasta al mar sin la locura del oro.
Morir de amor sólo es negarse a llevar el fuego apartado en los dedos, la lejanía de la espada como el murmullo ensordecedor de las hojas
saludándose.
Morir de amor, egolatría.
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Caballero, tú que conoces tanto del delirio de ser quien se ha entregado a la ternura, ¿verdad que merece la pena vivir con el dolor del amor, el deleite de libertad de amor que nos aleja de la muerte porque sólo vivir
es estar vivo amando?






VIRGINIA WOOLF SE SENTÓ EN MI SILLÓN ESE DÍA
Fuera de la casa, en los aserraderos de la hierba, las cigarras caídas se buscaban para amarse aunque toda la ciudad fuese un horno donde un dios vengativo cuece deseos de haber sido un hombre.
Fuera de la casa brillaban los patios con abanicos detenidos entre las uvas verdes, radiantes de veneno. Luego cambian al jade de las lenguas que aseguran no olvidarme jamás.
Algo sencillo y sombra era un silencio de siesta bajo el pie del mediodía; es un silencio el trigo de mi mesa, montoncitos de tiempo granulado que agrupo sin anillos con un dedo de tinta.
Algo más blanco aún que las paredes pintadas de pereza y mujer sola que escribe sobre el lomo de su gato dormido hasta el calor, en el telar del viajero del mar.
Tengo una carta lista para el vuelo de la muerte, una palabra blanca aprovechando el instante de estar sentada, fina, ligera cuando el peso sofocante se abate hacia los cuerpos consentidos.
Seguro que no duermo; en el silencio se ha vertido el matraz de una hechicera. No hay viento de sudor y no hay campanas, ni avisos que aconsejen desoír este silencio mágico poblando mi casa o mi cabeza con su ruido.
Alguien con g que inicia un paseo que lleva a las marismas, un trayecto del río que reúne la gravedad de piedras de suicidio en los bolsillos y habla con Ofelia porque marzo termina con las vidas cansadas; una figura de humo que se viste con flores de raíz, hija del limo, mirando, pensativa, un lado oculto, robada del momento en que recibe, sentada en mi sillón, a sus fantasmas.
Veo transparentarse su sombrero, su invisible perfil tomar la forma de una dama delgada que adivina su imposible visita en mi verano.
Supe que no fue herida por el agua.
Le dio la luz, la vi mirar distante decidiendo si caminaba a Rodmell a las cinco o si tomaba el té conmigo, ahora.
Tocó mi corazón con su postura.
Aceleró mi pulso, trajo el tiempo. Después se disolvió dejando un hilo de olor a mujer pez de una isla griega.
Después sopló la tarde en mi cosecha de trigo.
En los aserraderos de la hierba los niños sin restar desordenaron el silencio, la tinta, el bebedizo.
El horno apaciguaba su cochura y un borde de abanicos sesgó el aire.


NO voy a escribir los poemas en un orden cronológico según fueron "acaeciendo", simplemente, ahí están. Aquí tenemos el primero:
VANESSA FINALIZA EL RETRATO




Dibujo de Gregorio Prieto
II



Pintado por German Hotes
Harlequinade II
Gavotte
La pintura es de Augusto Marín
La suite está compuesta de diferentes partes musicales. Iré escribiendo de dos en dos hasta un total de diez poemas breves. Música barroca...
La pintura es de Omar Rayo
Dibujo de Yuri Kabishcher