domingo, diciembre 25, 2011

SI ELLA NOS MIRA XII







      EL OUSE II

      Hermana


      El corazón de hielo,
      el cisne, el dios refulge, la barroca armonía,
      la belleza sin soplo, sin ceniza, fisuras
      que se niegan, no son,
      patinadores sobre,


      de la misma sustancia que las alas del bosque
      o como voces blancas del Gloria en Re mayor
      589, edición Malipiero,


      tu corazón de hielo,
      bisel redondeado por donde mueres siempre,
      Virginia. Haces un nido, pausadamente vienes,
      tus pichones redondos, sostienes, te deslizas,
      el olvido,


      oh criatura inglesa que decidió burlarse
      del dolor,
      que no te mire nadie con montaraces dardos;
      ya es tarde
      para licuar las lágrimas
      o recobrar las lágrimas o regalar las lágrimas.

      Se retiró la sal,
      se abstuvo
      de oír que te quisieran, y tú eres tan hermosa
      sin duplicar fisuras, afectos o desórdenes,
      y tú eres tan hermosa,
      blanca,
      dura,
      lejana
      o tan lejana.

domingo, diciembre 18, 2011

SI ELLA NOS MIRA XI





      EL OUSE II

Vanessa finaliza el retrato


Resbalarías
con una delgadez que necesita
la gravedad de un pañuelo de roca,
de una falda de roca
añorando la infancia bajo el cieno.


Crece el río en el mes de marzo,
duda la dama de azules mejillas.
Es el año invernal que persistió
en la pereza del cisne del Ouse.


Es el pasado
mientras posas vestida con la ropa
de nuestra madre Duckworth,
y en el óvalo de tu rostro incluyo
premoniciones
de una mujer que llega al mar cantando
después de hacerse un barco con el agua.


Impregno el pincel de color salino
porque el año de tu viaje sea
la biografía de una de mis hijas
que se asemeja a ti.

Tú, mi contrincante, mi desviada
luz, mi lienzo que ama frutos infieles,
mi omega, garza
que se niega a comer.
Sólo se aquieta
hablando en un idioma isabelino.

Después no sabe hundirse cuando muere.

domingo, diciembre 11, 2011

SI ELLA NOS MIRA X


      EL OUSE I


      Virginia Woolf se sentó en mi sillón ese día

      Fuera de la casa, en los aserraderos de la hierba, las cigarras caídas se buscaban para amarse aunque toda la ciudad fuese un horno donde un dios vengativo cuece deseos de haber sido un hombre.

      Fuera de la casa brillaban los patios con abanicos detenidos entre las uvas verdes, radiantes de veneno.

      Algo sencillo y sombra era un silencio de siesta bajo el pie del mediodía; es un silencio el trigo de mi mesa, montoncitos de tiempo granulado que agrupo sin anillos con un dedo de tinta.

      Tengo una carta lista para el vuelo de la muerte, una palabra blanca aprovechando el instante de estar sentada, fina, ligera cuando el peso sofocante se abate hacia los cuerpos consentidos.

      Seguro que no duermo; en el silencio se ha vertido el matraz de una hechicera.

      No hay viento de sudor y no hay campanas, ni avisos que aconsejen desoír este silencio mágico poblando mi casa o mi cabeza con su ruido.

      Alguien con g inicia un paseo que lleva a las marismas, un trayecto del río que reúne la gravedad de piedras de suicidio en los bolsillos y habla con Ofelia porque marzo termina con las vidas cansadas; una figura de humo que se viste con flores de raíz, hija del limo mirando, pensativa, un lado oculto, robada del momento en que recibe, sentada en mi sillón, a sus fantasmas.

      Veo transparentarse su sombrero, su invisible perfil tomar la forma de una dama delgada que adivina su imposible visita en mi verano.

      Supe que no fue herida por el agua.

      Le dio la luz, la vi mirar distante decidiendo si caminaba a Rodmell a las cinco o si tomaba el té conmigo, ahora.

      Tocó mi corazón con su postura.

      Aceleró mi pulso, trajo el tiempo. Después se disolvió dejando un hilo de olor a mujer pez de una isla griega.

      Después sopló la tarde en mi cosecha de trigo.

      En los aserraderos de la hierba los niños sin restar desordenaban el silencio, la tinta, el bebedizo. El horno apaciguaba su cochura y un borde de abanicos sesgó el aire.



domingo, diciembre 04, 2011

SI ELLA NOS MIRA IX


      MARÍA SKLODOWSKA

      Tus ojos se iluminan con incienso pernicioso.

      Una blanda sustancia musical, un tintineo del genio destructor aún sumido en su lámpara que frotas. Pides los tres deseos vacilante. Yo te imagino rubio el pelo blanco.


      Llaman a la tristeza de la foto la perpleja postura de un atuendo enlutado.


      Pierre no ha exclamado feliz: tú eres mi dama, cuando la primavera parisina desmenuza el desorden en parques de verdín.


      Un mensaje: ¿es aquí donde vive quien descifra la arena del veneno? Una paloma llega. He ganado, está bien, dices, es tarde.


      Yo te imagino rubia con los muertos.


      Y ahora que tus huesos, como en el cuento de los hermanos Grimm, el de La Luna, fosforecen bajo tierra, se retarda la prisa, el tiempo te acompaña y la sangre seca bajo tus uñas adquiere un resplandor de violonchelo.


      Eras una nadadora en el humus y nadie supo hablarte del veneno.

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Jardí­n al mar 1605 Blog de poesí­a y otros textos Ogigia María Antonia Ricas