viernes, diciembre 26, 2008

Tercer poema de la revista Hermes. nº 15








        La que limpia los urinarios



        Es invisible cuando Tamara de Lempicka se suaviza en sus bragas de raso y se reconcilia con su vestido mirándose en el espejo, retocando la curva de sus labios y yéndose después mientras calcula la pedrería de sus amantes.

        La que limpia no ha deseado la danza de los peces bajo el tedio del Adriático, no sueña jamás con encontrar un brazalete de plata que burle el recorrido de los desperdicios.

        Pero conoce el candor de los que se alimentan con pétalos de rosa por el yacer casi inodoro de sus heces y cuántos miles de cerezas se precisan para el pastel intacto de una novia bella y anoréxica.

        Conoce el temor de los hombres de negocios en la mancha que dejan sobre la porcelana de hielo, el secreto de las embarazadas porque gimen al cerrarse por dentro en dos metros cuadrados de soledad y el caviar que comieron los discípulos de una logia y el licor culpable que embriagó a los amantes de la condesa Tamara de Lempicka.

        Cada día se resume en los desagües llegando al fondo de los pensamientos elevados. La música del agua no le regala arroyos transparentes.

        Y cuando acaba su trabajo se marcha más distante que la pintora Tamara de Lempicka. El sol no la golpea con su desvergüenza y en la oscuridad su paso está cansado como la danza de los perezosos que se aman en un lujoso hotel de Venecia.

domingo, diciembre 21, 2008

Revista Hermes, nº 15. Segundo poema





      Indiferencia

      Hablo de mí, por fin, como si hablara
      de un viejo compañero perdonado.
      Sería hablar de un reino vegetal
      y entonces contarías
      cuántas arterias verdes
      salen de mi organismo
      para anudar su savia
      al anónimo arbusto del otoño.
      Y el animal gusano,
      el arácnido, rata, culebrilla,
      tienen la boca rara de mi boca,
      un rápido veneno,
      un colmillo que sirve para herirse.
      Hociquea en mis sábanas el tigre,
      cuando me baño viene una medusa.
      Verás cazar al lobo
      en mi agreste costado
      y al hombre de las nieves
      huir de los fotógrafos intrépidos.
      Hablar de mí supone
      hablar de todo aquello que no es mío.
      Yo soy lo que tú digas,
      lo que tú quieras ver.
      Soy indistinta, informe, no soy nada,
      soy un nombre reflejo que respira.



domingo, diciembre 14, 2008

Primer poema de Hermes nº 15




      Un allegro de Vivaldi



      Qué descanso no reconocer larvas
      del corazón romántico: burbujas
      que hacen ¡plaf! Cuando las rozas, paisajes
      demasiado lunáticos, palabras
      que emocionan al público, que hieden
      melancólicas.

      Qué descanso repetir una frase
      hasta excederse,
      despreciando las imágenes, yendo
      sin principio o final, sin la dulzura
      de tenues cadencias o de películas
      en África.

      Qué descanso transformarse en violines
      virtuosos.
      Sólo malabarismos con el arco
      de un violonchelo acorde con el clave.
      Sólo un allegro ajeno a otro sentido,
      sólo ajedrez jugado sabiamente.

      Qué descanso la tenaz armonía
      de una pasión
      doblegada
      a un orden que penetra en el desorden
      hilando tracerías de sonido
      que se pierden en sí mientras desbordan
      el orden más y más diseminado.

      Como mi nuevo gesto en el espejo,
      como mi vida nueva al otro lado.

sábado, diciembre 06, 2008

Hermes nº 14, primer poema







      Égloga para el otro sentido

      La niña aguarda el grito que anuncia a los barqueros.

      Rizando la mañana en los meandros, vueltas que destrenzan las algas, pelo de azuda, vueltas de carrizos que esconden alas, siseos, huevos, chapoteos de vidrio,
      virarán los barqueros de la noche.

      La niña aguarda el grito que anuncia a los barqueros.

      Saludan en la orilla traslúcidos delfines de agua dulce trinando historias de un estuario donde vieron zarpar a los soldados jóvenes. Los delfines exploran campanarios anfibios, calles que la distraigan de la espera, azulejos brillantes de esas casas con el suelo encerado, terrazas soleadas y cipreses.

      La niña aguarda el grito que anuncia a los barqueros.

      Lleva barro en la boca, "es la tierra más vieja que conozco", y sonríe. Más allá siete grullas están soplando cuellos de botellas de náufragos igual que siete geishas recitando mensajes de seda, los mensajes de objetos extraviados sin dueño ni avaricia.

      La niña aguarda el grito que anuncia a los barqueros.

      Aún no tiembla el pulso añil de las libélulas, aún tonalidades de pereza y relojes ruedan hasta las cañas. Y la niña recibe pedacitos de sueño, jirones de camisas de la Luna confundidos con hilos de una araña, enrojecen, se transforman en peces.

      La niña te repite canciones de soldados poetas, de mujeres que amaron su reflejo en las hojas de las armas, quemándose, apresadas de los filos flexibles y regalaban sangre sobre el metal viril, "es la sangre más vieja que conozco", y sonríe.

      Y se yergue, de pronto, tan alta porque agita sus brazos, porque escucha en sus ojos llegar a los barqueros.

      Los barqueros que vuelven de la noche desnudos.

      La niña toma el agua y la lleva a tu boca, "es el dolor más viejo que conozco", y sonríe.

      Es la ciudad un río de presagios.

      Es el río una niña que grita a los barqueros.

      Regresan los barqueros, te embarcan en sus luces, en sus quillas de estrella.


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