sábado, marzo 31, 2007

El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XXV y XXVI.





Non me mordas ya habibi.
Jarcha de la moaxaja nº 8 de Jehuda Halevi
Eduardo Paniagua





Porque no me cansaba de preguntar su nombre,
me contestó en susurros:
“Vivo en tu corazón,
y aquellos que habitando en la misma alhanía
se les antoja al punto esa misma manzana
en el mismo azafate,
se nombran en silencio, sus ojos se conocen
y con una mirada dialogan con su amor,
se corresponden.

Son como las estrellas,
viven su espacio exacto y la voz de sus brillos
sólo ellos la adivinan.

Vivo en tu corazón,
jamás he conocido palacete más tierno”.







(Algunos investigadores localizan las clepsidras de Azarquiel por esta zona del río. Otros las sitúan en la Almunia Real)



Con calzón y caftán
y cubierta por el manto de seda
como gusto en vestirme
cuando camino sola,
simulo un caballero,
noblemente pasea.

Esplendor de esplendores, la ciudad.

Bajo hasta el río de la Vía Láctea,
hacia Bab al-Dabbagin*,
puerta que ciñe
el penoso quehacer de curtidores.

La estrella de los Di-l-Nun**
manda al sabio al-Naqqas***
obrar el sueño
del tiempo enamorado con el agua,
reloj que mida el paso de la lluvia.

Así el río se asombra
del juego en los estanques
yendo a perderse entre los granadales
al ocultar la luna
su delgada gumía.
Todos se maravillan del ingenio,
haciéndose costumbre la visita
para admirar la fábrica
del de los ojos zarcos.

¿Estarás tú entre ellos, amado amigo,
calculando las horas
que restan al encuentro?


*Puerta de Curtidores **Familia real de los Banu Di-l-Nun, a la que pertenecía Al-Ma´mun ***Famoso astrónomo de la corte de Al-Ma´mun, también llamado Azarquiel. Construyó las afamadas clepsidras junto al río Tajo.

jueves, marzo 29, 2007

El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XXIII y XXIV.






Inshad-Baitain Rasd Ad-Dail
Gregorio Paniagua



En Mahrayan*
sentiré la fresca seda en mi piel
como lluvia invisible, aliviadora.

Mi padre nos traerá cinturones bruñidos
y en la musara** sudarán los caballos
con el juego de cañas,
y no habrá caballero
que no beba en honor del verano
el zumo de mil moras.

En el jardín la alberca
será hogar de avispas que espantaré
sintiendo el agua blanca
subir a mis tobillos,
serenar mi cintura,
jugar a criatura de mar lejano.

Y al avanzar la noche
con manto de frescura,
no dormiré, te aguardaré desnuda
igual que aquel que anhela
los sutiles perfumes del jazmín
para limpiar su denso pensamiento
del caluroso polvo de la tarde
entregándose, al fin,
a un delicado gesto de belleza.


*Fiesta del verano **Espacio despejado a las afueras, para la celebración de juegos, paradas militares.etc









Oh, mi ciudad,,
Madinat al-Muluk,
la de mil alminares que ciegan con el sol,
la de jardines ebrios de frescura sin pausa,
la de espesas moreras que dan hilo precioso,
escrita en tres lenguajes de oración y fortuna.

Oh, mi ciudad de magia,

¿qué genio hubo bordado el tapiz de tus calles
donde la luz no quema?
El murmullo del río que te cuenta y se aleja
es el latido noble de tu glorioso ser.

Oh, mi ciudad, no sabes la pena de mi espíritu,
el testimonio sordo de mi afán desvelado:
Alguien recibe un nombre

que acoges en tus brazos,
el que busco con celo preguntando en tus signos,
al que feliz recibo, quien me das cada noche
y la luna, envidiosa, cada noche se queja.

miércoles, marzo 28, 2007

El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XXI y XXII.


        © Ricardo Martín





La fuerza que tengo
Calamus



Aún recuerdo el día en que fui a la mezquita
de Yabal al-Barid*, que llaman de Monte Frío,
porque hoy la luz se cubre
de un manto gris, pesado, como de tierra yerma
donde la buena lluvia desperdicia sus dones.

Era aquella mañana cual de cristal tallado,
una huerta frondosa, brillante de alegría.
Fuimos mi madre y yo en piadoso paseo
y desde aquella altura
la tierra regalaba, querida a nuestros ojos,
agradeciendo a Dios su grande complacencia:
Delante era el adarve
de al-Yahud**,
sus apretadas casas, los árboles graciosos
de sus pequeños patios;
hacia la izquierda el río, preso en el hondo tajo,
llevándose murmullos, arenas de otra orilla.
Y, más allá, en la vega,
cerca de la maqbara que dicen de mozárabes,
la almejía encendida del granadal en flor,
su bermejo color era el augurio feliz del Paraíso.

Oh, traspasado amor del corazón abierto.

El muecín llamaba para salat al-zuhr***
y supe que el Señor no olvidaría mi sala****
en gratitud de mis afanes.


*Mezquita de Monte frío o Monte Frido **Los judíos ***Oración al mediodía ****Oración






Amo a mi amor después de haberme amado,
aplacada su sangre varonil
que, cansado de amarme, su fatiga
es remanso armonioso de las aguas
donde hablar o mirar las estrellas.

Anoche le agradaba el ajedrez.
Traje el noble tablero
tallado de marfil.
No sabía que aprendí de mi padre
y quise, si ganaba,
conocer de su nombre
y,si el ganaba, tomar en trofeo
los besos de mi boca y mi cintura.

Jugamos sin descanso, silenciosos,
como juegan los dedos de una mano.
Era un ladrón el alba que asomaba
tras las sublimes torres de Al-Hizam.

A la vez que vencía
al valor de mi amante
tuve miedo para saber su nombre
como si fuera el río que se escapa...
Y me dejé ganar por su alta mano.

No existió derrota más gustosa
que la de sumergirme
en tan hermosas aguas perfumadas.








martes, marzo 27, 2007

El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XIX y XX.






Los ojos me lloran por perder a mi amada

Calamus



Acompaño a mi madre
hasta el Suq al-Attarin*,
cerca de la Mezquita.

Pide hierbas de olor para las sábanas,
olíbano que arome mi alhanía,
el benjuí que proteja
nuestro pecho en invierno,
alezna que dé gusto
a los tiernos pichones,
azafrán y cominos
que con ajos recubran
el pescado del año,
soconusco y vainilla
del racahut en las tardes más frescas.
Tanto olor, cual si me desvaneciera...
Carísimos polvillos y semillas
que se lleva mi madre
y yo, sin pensamiento,
salgo casi dormida de las tiendas,
hurtada a los aromas
por mi voraz señor



*Zoco de Alatares







Aquel a quien me entrego como avecilla loca
cuando la vela inclina su luz hasta extinguirse,
dulcemente me narra de la ciudad su historia,
Madinat al-Muluk,
y con su voz traslada mi sentido a otro tiempo:

“Hacia el Puente de Barcas, Dios sabrá de esos días,
una mujer bajaba para tomar los baños.
Hija de noble infiel y, en secreto, querida
del rey que sucumbió ante ése que dio nombre
a la roca imponente de Gebel al-Tarik*
.
Florinda la llamaban,
la de la piel que ciega el tacto más prudente,
la de la risa hermosa para ensoñarse en ella.
Ella guardó el enigma de nuestro primer día
en esta tierra amada...
Si Florinda supiera de tu cintura suave,
libre de tatuajes,
movería sus huesos donde quiera que esté.

Mi cabritilla alegre,
un día bajaremos al lugar de las barcas
por recordar su baño con aguas de la luna».














*
Gibraltar



lunes, marzo 26, 2007

El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XVII y XVIII

        © Ruby Yunis



La doncella del río y el valle del Guadix
Luis Delgado



A quien lea mis versos:
Desconozco el lugar
donde descansaré.
Quisiera que la tierra fértil que me cubriera
fuera lecho de un árbol de aromas exquisitos
en sus bermejos labios,
tronco imperecedero
si le cedo mi sangre, mis huesos por nutrirlo.







Hermanita del alma,
¿qué alhaja me pondré para la entrega?
Pues nueva es cada noche en su llegada:
Tiemblo igual que cordera que no conoce macho.
Dime si este alcorcí de luces diminutas
-son flores de romero­-
sosegará en mi pecho tanto afán,
para aguardar tranquila
v que ofrezca su brillo,
como el romero humilde alumbra mi jardín,
cuando él lo arroje
por desvelar la joya que esconde mi pudor.

Dime, hermana del alma,
¿qué alhaja me pondré que lo ilumine?

domingo, marzo 25, 2007

El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XV y XVI



        © August Macke




        Ninni,ninni, jáhanum. Eduardo Paniagua



        Oh,madrecita mía,
        no dejes que me lleve esa mujer de ayer,
        con sus plumas de pavo para hablar de su hijo.
        Dicen del poco aliento del tiñoso muchacho
        y yo quiero tocar el rizo ensortijado
        de mi sedoso amor.

        Le ofreciste la carne jugosa del skbaj*,
        sus labios se mancharon, glotones, del aceite,
        después nueces peladas, preciados faludhaj**.
        Sus uñas semejaban tener hambre de siglos
        y el ruido de su boca era como el sonido
        de las pesadas muelas del molino de harina.

        Sonreía añorando los mizcales de padre;
        ella supo muy bien alabar tus aljófares
        pero erró en tu dulzura.

        ¿No ves que ella desea llevarme encadenada,
        que regale mi vida para su hijito enfermo?

        Ya no veré las calles ni bajaré hasta el río
        ni cantaré casidas de celos por la luna.

        ¿Y qué dirá mi padre al saber de mi entrega
        amorosa a otros brazos?

        Yo seré tu vergüenza y no querrás mirarme.

        Pues que ya soy casada con un nombre secreto,
        hermano de una estrella.


        *Estofado persa **Dulces





              © August Macke


              Le regalo a mi madre
              los primeros capullos de rosas de Turquía.

              La fiesta de Nayruz*.

              Mi madre me responde con un bello rubí:
              Es la gota de sangre en los labios
              que mordieron mi mano en los juegos nocturnos.

              La fiesta de Nayruz, día de primavera.
              Se adelantó mi cuerpo a su llegada
              y una helada aguja fue de agua tierna.

              La fiesta de Nayruz es el momento
              para doblar la aljuba que abrigaba
              en el baúl de invierno.
              Y la luz dibuja en los azulejos
              jardines hechizados de color.

              Seré rosal florido y la ansiosa abejita
              se acercará a libarme
              para la miel dorada del placer
              .



              *Fiesta de primavera












              sábado, marzo 24, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XIII y XIV





              El relámpago
              Luis Delgado

              Después de la plegaria de los viernes
              hemos bajado a orar por nuestros muertos.
              Cruza el mediodía la Bab Saqra *
              hasta acariciar la extensa vega.
              El suelo se cubrió con flor de almendro...
              Suave el aire como aliento de niño
              juega el río con vidrios solares.

              En la maqbara**, el gusto del encuentro
              entre los vivos rompe el silencio.
              Se oyen las carcajadas de las daifas
              bajo los alfaneques del amor.

              Me siento donde mi amiga duerme.

              Si supieras, Amira, lo que busco
              las dos acogeríamos con ansia
              compartir el secreto costosísimo.
              Pero llegó Ezrael
              cuando las flores de jazmín ornaban
              los rizos de tus hermosos hermanos.
              Me quedé sin ti, ovejita perdida,
              sin tu voz de regalo melodioso.
              Cubra de lluvia el cielo
              tu tierra descansada.


              * Puerta de Bisagra **Cementerio






              Subiría al alminar del templo
              cuando salat al-fayr*, al alba,
              los pájaros rozándome la cara
              y el aire fresco limpiando el cielo
              de demonios nocturnos.

              Sería invisible para el almuédano
              -mientras su grito triste
              llega hasta la muralla­-
              convirtiéndome en un águila hermosa
              que vuela sobre las torres, mi casa,
              los preciosos palacios de Al-Hizam**,
              hasta hallar tu morada,
              tu ventana, tu lecho,
              y yéndome a posar en el alféizar
              mirando tu oración,
              aguardando tu rostro.

              Dios perdonará mi pensamiento
              pues, cual ave liberada, te busco
              como se busca un nido.



              * Oración al alba **El Ceñidor: nombre que se les daba a los palacios reales, junto al Alcázar

              jueves, marzo 22, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XII








              M`Saddar Raml
              Gregorio Paniagua


              Hoy he ido al hamman por encontrarte,
              lo hago por ti, mi amor,
              que me disgusta entrar,
              mentir que he estado enferma,
              pensando que las aguas que nos limpien
              tal vez sean las mismas.

              Abandono mis ropas y me cubro
              con una blanca sábana
              y, paciente, espero en la sala fría;
              después penetro en al-bayt al-sajún*
              donde el vapor huele a un agrio sudor
              y a partes escondidas.

              Me adormilo transpirando
              el pesar de no encontrarte nunca.

              Con tafl**, la masajista
              se entretiene en mi pelo
              y con nura***mis piernas quedan suaves
              como el pecho de un niño.

              Oigo que otras mujeres
              se descubren su amor o su desdén,
              manchan su corazón con impudicias.

              Y me entrego callada
              a las ligeras manos de la joven,
              despertando, al pronto, de mi sopor
              si sumerjo mi cuerpo
              en la pila de mármol;
              sus aguas transparentes
              susurran como el pozo de un oasis,
              limpian mi miedo, me hacen olvidar
              el ingrato diálogo.

              Son sus roces tus dedos
              cuando llegas desde la calle oscura,
              pues salgo de los baños perfumada
              y colmada de besos invisibles.

              Ay, que el Señor perdone
              mi pequeña mentira.

                    -------
                    ¿Aspiras mi perfume
                    de recién bañada?
                    Mi cuerpo es un rosal
                    con rocío de alba.
                    -------




              * Habitación caliente de los baños **Tierra de greda utilizada en los baños ***Crema depilatoria
















              martes, marzo 20, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. XI.

                    © August Macke





              Uaddaáuni
              Eduardo Paniagua


              EL MERCADO


              I

              He salido al mercado vestida de muchacho.
              Cruzo el barrio de sastres, me acompaña el rumor.
              Los vendedores gritan qallá, saffáy y mirqas*..
              Otros reclaman oro, texturas que vender
              o que robar.

              Hombres de piel oscura llegados desde el Nilo,
              bereberes, señores del tiempo de las dunas,
              genoveses y francos,
              los gigantes del Norte con sus frías pupilas
              y mendigos que alaban los óbolos de Dios
              en los más justos.

              Los escribas recogen peticiones y sueños
              y el perfumista engaña penetrantes hedores
              con aromadas aguas de narciso o limón.

              Se oyen lenguas extrañas de las ciudades límite
              que el Profeta olvidó;
              una música, un grito en la mañana plena
              me impiden recordar
              la voz que busco y amo entre tanto color.



              II

              Desde un rincón un viejo, lisonjero, me llama:
              “Tal vez yo te conozca,
              álamo sin crecer, joven halcón.
              Lo que es bueno sabrás del destino en mis dados.
              Tan sólo una moneda, padrecito...
              Lo prohibido también conocerás de mí
              para que nunca peques.”

              Y cuando el viejo rompe los dados en el suelo
              un temblor le recorre, no me quiere mirar:
              “ ¡Ay, muchachito aciago, por la estrella que buscas
              tú dormirás sin fin!”.


              *Diferentes frituras de pescados, buñuelos y carne

              lunes, marzo 19, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. IX y X.





              El hechizo de Babilonia
              Luis Delgado



              Me oculto recelosa tras de los mencires*
              pues yo quiero buscar si entre los caballeros
              que besan a mi padre
              en la visita
              viene el hombre que ansío, aquel por quien retiro
              el velo de mis ojos con amor y con sed.

              «Será bella alaroza,
              pura como las alas de una casta paloma».

              ¡Ay!,
              si yo no fuera la hija
              de los Hadidies**
              ni mi nombre tuviera el oro por reclamo
              correría en la noche persiguiendo sus pasos,
              el chorta*** sería ciego,
              llamaría a la puerta que amo y desconozco
              y allí me olvidaría.


              * Miradores cubiertos de telas y celosías
              ** Familia del noble que mandó construir la mezquita de Bab al- Mardum
              ***Guardián nocturno de las calles







              El último día del mes noveno,
              que el Señor reconozca mis ayunos,
              encenderán las calles sus candiles
              de fiesta cuando llegue la noche.
              Pensaré que cayeron las estrellas
              y brillarán las risas con los ramos;
              en el jardín, el aire será olor.

              Mis hermanas y yo
              saldremos alhajadas con ajorcas
              tintineantes al paso de la danza;
              tomaremos el néctar del nabidh,
              bálsamo del corazón afligido.

              Trataré de buscarte entre el gentío
              y encontraré tu rostro entre los rostros.
              Amor, mi alegría se volverá
              se volverá licor para tu boca.










              domingo, marzo 18, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. VII y VIII.



                    © J.G. Pfretzschner




              Sana´a Al-Isbihan
              Gregorio Paniagua



              Un animal secreto la naranja
              un animal sin nombre, adormecido,
              brilla entre las manzanas
              y el vaso de nabidh*, tan oloroso.

              Desde el mexuar pasa la luz, la tarde
              se pierde en el jardín,
              mientras tanto acaricio
              la primera naranja de Levante
              y el animal despierta
              regalando su olor.

              Al desgarrar su piel
              cae el zumo liberado a mis dedos,
              más fresco que la esencia
              de bermejas rosas con albahaca.
              Ya se entrega a mi boca
              cual si fuera el hambriento, devorándome.

              Ay, si mi cuerpo hubiera ese perfume
              liberando sus zumos en tu boca,
              refrescando tu sed,
              quedándome en hebrillas por tus dientes.

              Sería Tawaddud*
              ofreciéndote el fruto al despertar.



              * Licor suave
              **Personaje femenino de Las mil y una noches






                    © A.Jurjane


              Juego con mis hermanas a decir del amor...
              Son aguas que se pierden
              sus palabras,
              no atienden a su acento
              y comen almojábanas igual que arrojan piedras,
              y beben del licor escarchado de dátiles
              olvidando su aroma, su esencia preciosísima.

              Así las miro hablar:
              Despreocupadas, necias, igual que las perversas
              mujeres del hamman*.
              Me callo y oigo al viento mover sus brazaletes
              en los mirtos.

              Tan sólo mi hermanita menor sabe de mi alma.
              No se pinta
              las uñas con alheña
              y es cariñosa y dulce
              con mis versos prohibidos.

              *Baños públicos






              sábado, marzo 17, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. VI


                    © Ricardo Martín






              Gibralfaro
              Luis Delgado



              LA MEZQUITA


              I

              Todos los hombres creen
              que un hermoso muchacho se aproxima
              a la mezquita Aljama*.
              He cambiado mi alquinal por el verde
              de la escogida corte.
              Los mendigos piden a sus puertas
              vida fecunda para el generoso
              y, con voz de serpiente,
              la negritud de vida en el avaro.


              Cruzo la luz del sahn** y purifico
              mi piel no destinada
              con las aguas rientes del estanque.


              Bajo la capa bella
              mis pies descalzos llevan el temor,
              pero nadie me mira con sospecha
              y aprueban, silenciosos,
              que un joven tan apuesto acostumbre en orar
              en el lugar sagrado del perdón.



              I

              ¿Qué sombras bisbisean
              las sagradas aleyas repetidas
              entre los arcos rojos?
              Son la penumbra densa
              y acogen roces fríos
              del mármol en las plantas de mis pies.
              Entre tantas columnas
              sosteniendo lo oscuro,
              un resplandor al fondo,
              un signo que me orienta:

              Oh, la al-qibla dorada,
              deseo del horizonte del Este;
              alhajado mihrab***,
              guarda los ecos de oraciones sin voz.



              Señor, si me escucharas...
              Reconocer su nombre,
              saber qué gesto habita.




              *Mezquita mayor **Patio de las abluciones ***Nicho decorado en la al-quibla

              jueves, marzo 15, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. IV y V.







              El diwan de las poetisas
              Luis Delgado



              Salgo a comprar perfume
              sin el permiso.
              Un velo de algodón
              cubre mi rostro
              para que nadie sepa.

              La risa de unos niños
              se contagia en mi risa
              y el alatar me muestra,
              con histriónico gesto,
              aceites de la mirra,
              del benjuí y del mirto.
              Florece la tienducha
              con azahar invisible,
              mas un aroma crece
              de entre toda la esencia:
              Mi hermana me exhortó
              a que en Noviembre lleve
              el gusto del almizcle
              y elijo los reflejos
              de su dulce cristal.
              Pero ella desconoce
              que en ese olor envuelvo
              las noches de mi lecho.

              Y al regresar a casa,
              asperjo los tejidos
              de mi alhanía:
              El misterioso olor
              de su rizado vello.





                    © S. Weingast



              Mi madre me ha contado de jardines de arena
              más lejos que los cielos del estrecho de Ormuz,
              más lejos que las tierras de los templos del aire...

              En mi jardín, los sueños llevan sedas de rosas,
              mil racimos de orquídeas que se abren a la luna
              y alegres pericones, medianoche su olor.

              Y, entre todas, la flor que jamás se marchita,
              que aguarda la humedad de la furtiva mano;
              sólo un roce y sus pétalos,

              locos de amor, se ofrecen,
              locos de amor, abriéndose, esparciendo su polen
              sobre la sabia mano que, a bien, la despertó.





















              miércoles, marzo 14, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. III.


                    © Higinio



              M´Saddar
              Eduardo Paniagua



              Hasta el mexuar* me llega el olor a jazmín
              pero es extraño
              que la mañana traiga los perfumes queridos
              pues, al atardecer,
              la flor prepara
              silenciosas visitas.

              Siempre al atardecer
              los ramitos se abren en livianos temblores
              de minúsculos cálices.

              Y, a la noche, su efluvio
              escala hasta mi estancia e impregna las almohadas
              en tanto espero
              un aroma de piel
              que pueble el aire
              con su caricia ardiente
              y mi gemido.


                    ....
                    Vendrás con el jazmín
                    en tu cabello.
                    Aguardaré tu olor,
                    ya no me duermo
                    .....





              * Corredor alrededor del jardín

              martes, marzo 13, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. II.


                  © Merello







              Taliatu al watia
              Eduardo Paniagua


              Vestida de muchacho, acompaño a mi padre
              por el Suq al-Dawabb*.

              Ataviado del verde costoso de Al-Ma'mun**
              pavonea su fama entre los aljameles
              y los extraños hombres que aman a sus caballos
              como al juego o la sangre.

              Busca un potro alfaraz
              nacido del abrazo ligero de los vientos;
              pregunta al yegüerizo por la hija más hermosa:
              El animal se acerca, me lame y me conquista.

              Mi padre se sonríe con mi elección honrada
              y todos se sonríen, felicitan, asienten.

              Pero yo busco un rostro detrás de aquellos rostros,
              un gesto silencioso,
              una mirada cómplice de reconocimiento.

              ¿Dónde estás, mi señor?
              Al zoco de las bestias me llegué con mi padre
              por si el azar quisiera
              regalarme tu nombre, descubrirte a mi amor.













              *Zoco de las bestias. Zocodover
              **Rey de la Taifa toledana del siglo XI

              lunes, marzo 12, 2007

              El libro de Zaynab. Madinat al-Muluk. I.







              Me desea
              Vocal: María del Mar Bonet.
              Música: Luis Delgado



              Oigo a mi madre
              llamarme desde el patio...
              “Zaynab”, me dice,
              y es mi nombre en su boca
              acento bereber
              para que yo no olvide al nómada de arena
              y su lejano grito,
              perdido en la dorada ausencia de senderos.

              Me regala mi madre el collar de monedas
              que su madre le dio;
              permite que desprecie el velo de mi rostro,
              “mas úsalo en la plaza
              que una sola mirada podría arrebatarle
              a mi Zaynab
              su tierno corazón
              no acostumbrado,
              cual camellita dulce,
              a su montura”.
                    ...
                    Escucha, madre mía,
                    ¿lo sentiste llegar?
                    Ay, que mis dos cerezas
                    lo quieren obsequiar.

              NUEVA SERIE




              En el siglo XI, en el tiempo de la taifa toledana, que fue el momento de esplendor en la ciudad, vive una joven aristocrática y misteriosa, de la familia de los Hadidies. Ella es la ciudad.


              Los poemas cuentan una historia. Los encontramos con la narración comenzada.
              El libro está dividido en dos partes: Madinat Al-Muluk (Ciudad de los Reyes) e I´Dar Dunnuni (Circuncisión del nieto de Al- Ma´mun)


              Intentaré acompañar con música la historia que cuentan. He de agradecer la ayuda de Kitblue por haber podido aprender a subir un fondo musical específico.



              La portada del libro fue diseñada por el pintor, al que tanto admiro, Eduardo Beato.



              Las imágenes fotográficas que aparecerán en las sucesivas entradas serán, en su mayoría, de mi amigo Ricardo Martín o de ilustraciones antiguas sobre la ciudad.

              La música que escucharemos...es mi música... Luis Delgado y su maravilloso disco El hechizo de Babilonia, Paniagua y otros músicos.

              Estos textos ya aparecieron en mi blog anterior, que duró poco. Vuelvo a subirlos en este blog y se los dedico, especialmente, a Jade, a mi arrocito, a mi amiga, tan delicada, tan exquisita, tan comprensiva, tan inteligente. Mi amiga Blanca. Ella sabe muy bien lo que siente Zaynab.


              Y por último referir que el libro comienza con una dedicatoria: A mis padres y hermanos, y a los amigos que conocieron conmigo a Zaynab.



              Ah, y algo importante: Para leer estos poemas hay que "olvidar" algo los de La música del fuego. Es el siglo XI, poemas del amor udrí...y una mujer que descubre la ciudad y se transforma en ella.

              jueves, marzo 08, 2007

              LA MÚSICA DEL FUEGO XX
























              Mi homenaje a Brancusi y sus pájaros maravillosos y a sus otros pájaros en el espacio que son peces alcanzando el vuelo. La musa dormida me visitará en su sueño más adelante.

              El último poema del libro
              La música del fuego.





              El músico Pat Metheny me ha acompañado mucho, siempre y, en varias ocasiones, sus creaciones han sido el fondo cromático, no sólo sonoro, de mis palabras. No he encontrado el tema que da título a este poema, una de las piezas de su bella obra Secret Story, pero la que he puesto es estupenda igualmente. Para otro momento contar mi asombro al hallar este tema en el disco y mi posterior encuentro surrealista con el propio músico en una noche de verano...








              ANTONIA
              (Pat Metheny)

              Sobre el amanecer camboyano, una lamparilla,
              dindones religiosos de metales.

              El arroz,
              el arroz mítico tiene la consistencia verde
              de una estrella bañada con la lentitud del júbilo
              porque las palabras que Ella atesora se recogen
              en una afirmación de sí, en una lamparilla
              ladinamente diminuta, aunque tenaz, jugando.

              Por otro nombre, caballo que galopa.

              Apodada:
              “mañana de crin rizándose alrededor del día,
              alegre reloj que besa tus párpados”.

              Sostiene
              el secreto de una soledad que baila, no cesa
              de moverse en torno a tu tristeza y sería bueno
              que supieras leer los signos que hace con sus manos
              para saber dónde está contado el deseo, dónde
              se guarda la escritura poderosa del deseo.

              El mediodía existe en el oeste cuando Ella oye
              un aleteo que se camufla como espejismo.
              Despliega sus alas, es enorme, rodea nidos,
              habla con las cigüeñas de París y con las tímidas
              gárgolas que sólo beben si el incienso les sube
              el caramelo blanco de las promesas.

              Se posa
              en el alféizar de tu ventana y observa inmóvil
              tu gesto al hojear el aburridísimo tomo
              de la erre de renuncia, de rutina, de residuos
              que el miedo amontona en lo negro que debes firmar.
              De pronto, golpe de viento o Ella, que se impacienta,
              te desordena, te interrumpe.

              ¿Acaso no recuerdas
              que Ella te dijo que vendría y nada de ti, nada
              doloroso, oscuro de ti sería su enemigo?

              Pero prefiere el pentagrama de la tarde, el tramo
              que separa de la melancolía a los maestros;
              saben que hay una cierta muerte en cada tarde, un vaso
              de vino de cansancio.
              Es ese el sonido que busca,
              una luz pajiza, luz de la lección de guitarra
              en el jardín:

              Lo mejor de noviembre.

              Ella regresa
              a la lentitud del júbilo, a la música que abre
              tus manos porque son iguales que su soledad
              y estar conmigo, amor, se vuelve compañía de astros,
              amistad de planetas que si anochece relatan
              la historia de cuando Ella te miró y tú la miraste
              porque ya estaba escrito desde antiguo.

              El caballo de la noche pasta añil de deseo.
              El arrozal la viste con su piel.

              Ella se llama lamparilla de un dios que no duerme,
              alevilla de corazón que insiste con la llama.
              Sueña que tu hombro acoge sus pequeñas alas blancas.
              Sueña que tú la sueñas quemándose.

              Y Ella se ríe.


              martes, marzo 06, 2007

              LA MÚSICA DEL FUEGO XIX




              Aunque la pintura es de Botticelli, muy posterior a nuestra reina, imaginemos a Leonor, a Alienor,de perfil, atenta, muy atenta, soñando un poema secreto. Escucha una canción de su amigo Bernart. Ella está acostumbrada a adivinar lo que hay detrás de las dulces palabras de los trovadores.

              ...El penúltimo poema de esta serie...




              No encontré Can vei la lauzeta mover pero escuchamos quizá, sólo quizá,algo semejante.




              Leonor de Aquitania escucha Can vei la lauzeta mover de Bernart de Ventadorn

              La alondra elige el fruto de la zarza para afirmar que nada era regalo salvo su pecho abierto a las espinas. No oyó las prohibiciones de los álamos, avisos de resina hacia su olfato, sangre inminente oculta por las moras como una antigua miel que aguarda un cuerpo.

                      Dile a mi amado
                      lo que le cuenta el aire
                      entre su pelo,
                      lo que le cuenta el aire
                      cuando se agita
                      en las cortinas
                      que hay en su alcoba,
                      lo que cuenta el aire
                      aunque hablen zorros,
                      lo que le cuenta el aire
                      que yo respiro.



              La alondra elige el fruto de la zarza no sólo apeteciendo, enajenándose, pues estaba despierta al vuelo firme de quien escoge herirse mientras deja frutos de tallo terso pero muertos. Y cuanto más se embriaga del morado zumo que se destila en su garganta, más se adentra la alondra, más empuja la rama que le clava su arma dentro.

                      Dile a mi amado
                      lo que le cuenta el aire
                      que se ata al árbol
                      que hay en su patio,
                      lo que le cuenta el aire
                      que está a su espalda,
                      lo que le cuenta el aire
                      aunque haya un pozo
                      sobre su cama,
                      lo que le cuenta el aire
                      que yo respiro.



              La alondra elige el fruto de la zarza porque ya fue elegida por el fuego. Desvela que su vida no es la vida sino el ir desangrándose si vive y, elegida sin celo y capturada, su voluntad decide que se entrega al fuego que la busca y que la abraza a la vez que ella come y que se abraza al fuego que la hiere y la consuma.

                      Dile a mi amado
                      lo que le cuenta el aire
                      de las semillas,
                      lo que le cuenta el aire
                      aunque hoy le llueva
                      bajo los ojos,
                      lo que le cuenta el aire
                      que besa el beso
                      que hay en su boca,
                      lo que le cuenta el aire
                      que yo respiro.

              lunes, marzo 05, 2007

              LMDF XVIII


              Vrindavan, el bosque celeste pero también terrenal... Donde no existe el daño.

              Vrindavan es también un tema musical de L. Subramaniam. Como no lo he encontrado, escuchamos otra creación suya.








              VRINDAVAN
              (Subramaniam)

              El tegumento se abre.
              Y en ese bucle la primera nota
              como el tambura
              lejos
              o manantial que comienza a fluir.

              El silencio es una semilla joven,
              una máscara
              que inicia la danza del día de Año
              Nuevo
              en el palacio
              de Mathura,
              una pastora a la que Krishna besa
              y no se atreve
              a paladear
              su saliva.
              La risa del amanecer sin niebla,
              la pupila
              que apaga la vela de los caminos
              dejado atrás.

              He volado con el viento de mayo,
              escapando del pico de los pájaros
              cuando el silencio
              se desperezaba
              entre las ramas de los avellanos,
              y he caído
              en el brezo esponjado
              de tu pecho.

              Yo soy la hija del silencio, la música
              mejor que no se pulsa,
              la criatura
              que guarda las medusas del deseo
              en su pequeño pubis
              y poseo la sílaba
              de los jardines donde se abrazaron
              Krishna y Radha.

              No escuchas aún
              cómo me abro,
              no oyes la delicada percusión
              de mis talones dentro de tu pecho.

              Yo soy la hija del silencio, la nota
              primera del tambura,
              su hilo lejos,
              hilo del manantial que no revela
              su océano arbolado
              de medusas.

              jueves, marzo 01, 2007

              LMDF XVII




              Turner. Debussy...Y una invitación al viento...





              Danza

              He visto caer la nieve en el agua
              y convertirse en mujeres que mueven
              sus pies entre los huesos de los héroes.
              En el fondo del lago hay una orquesta
              de pianos fabricados con la tris-
              teza del día,
              con los dioses
              olvidados,
              con los sacrificios
              perdidos.

              Yo no me hundo, voy al centro del lago,
              toda la luz es blanca, blanca, blanca
              y levanto mi falda de vapor
              y mis brazos oscilan como ramas
              del árbol
              del ansia,
              plateado,
              hermoso.

              Mírame
              bailar
              sobre el agua.

              Tú no sabes hablar; como la nieve
              callas en las orillas, tienes frío
              del miedo que amordaza, que aprisiona
              la palabra sin leyes, sin virtudes,
              la única palabra que quemaría
              la huella
              de los lobos,
              el vuelo
              de los grajos
              del invierno.

              Mírame
              girar
              en el agua.

              Te cubrirá la nieve cuando baile.
              Después te llevaré donde patinan
              los niños que no quieren escuchar
              otra música.

              ¿Y si te invitara al centro del lago
              y asido a mis caderas no te hundieras...?

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